Stralunato

Un blog de Jacinto Lajas

17 de marzo de 2012
por Jacinto Lajas
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Jorge Fernández Díaz, un ministro para la represión

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Sobre estas líneas, un vídeo preparado por el PSOE sobre las cargas policiales en las protestas estudiantiles del pasado febrero en Valencia, elaborado con imágenes que en su momento fueron publicadas en los medios de comunicación e Internet. El vídeo sirve de respuesta al que el ministro del Interior utilizó de argumento, en su comparecencia ante la comisión de Interior del Congreso, para justificar la actuación policial y culpar de los incidentes a una “minoría antisistema, radical y violenta”.

Son dos versiones de una misma realidad. La del vídeo del PSOE muestra un comportamiento policial que fue calificado de desproporcionado y excesivamente violento por muchos medios y sectores sociales. La del vídeo del ministro —que sólo muestra escenas de insultos o incluso agresiones a los policías por parte de manifestantes y omite lo demás— replica la teoría que los medios afines al gobierno —algunos llegaron a decir auténticas barbaridades— y la propia policía vienen manteniendo desde la primera carga policial: los manifestantes no eran sólo inocentes estudiantes y fueron ellos, con su actitud violenta, quienes hicieron inevitable la respuesta policial.

Una teoría sesgada y peligrosa, que abre la puerta al exceso policial en el uso de la fuerza en casi cualquier situación, desde el momento en que un insulto sirve de justificación para ese exceso. Y que no puede resultar extraña esgrimida por la policía —el Jefe Superior de la Policía de Valencia llegó a calificar de “enemigos” a los estudiantes que se manifestaban— o por esa prensa reaccionaria donde todo vale y la mínima ética periodística brilla por su ausencia. Pero que en ningún caso puede sostener un ministro del gobierno de la nación, cuya primera obligación debiera ser gobernar para todos y hacerlo de manera justa y ecuánime.

Ya Fernández Díaz perdió una gran oportunidad cuando se produjeron las primeras cargas policiales, momento propicio para haber actuado como un verdadero ministro del Interior, ejerciendo su autoridad para reconducir la situación y evitar que empeorara. Pero no supo o no quiso. Como tampoco ha sabido o querido ahora, cuando aún estaba a tiempo de subsanar su error. Muy al contrario, sus argumentos y el innecesario vídeo, que sólo viene a demostrar el talante manipulador del ministro —y por extensión el del gobierno al que pertenece—, sólo pueden servir para aumentar la tensión social y propiciar futuros enfrentamientos entre la ciudadanía y su policía.

Porque no es previsible que las manifestaciones cesen, en esta época de crisis aguda y conflictividad social latente. Y con la policía respaldada en sus excesos, ¿qué espera el ministro que suceda? Con su beneplácito, casi cualquier manifestación, por pacífica que sea su convocatoria, podrá derivar en batalla campal, tensando cada vez más la relación de los ciudadanos con la policía y los gobernantes. ¿Es esto lo que desea el actual gobierno? Realmente parece una dinámica suicida por parte del ministro y su gobierno. A no ser que confíen en la fórmula del “palo y tentetieso” para mantener a raya a la ciudadanía disconforme. Algo que no sería ya suicida, sino sencillamente estúpido.

Como tanto insiste de forma cansina Rajoy últimamente, ya no estamos en el siglo XIX. No sería mala idea que, en lugar de aburrirnos con ese absurdo mensaje, procurara interiorizarlo y repetírselo como un mantra a sus ministros. Algunos, como el de Interior, parecen necesitarlo.

En el siglo XXI y en un país democrático como el nuestro, el máximo responsable del Ministerio del Interior no puede ser un ministro para la represión.

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8 de febrero de 2012
por Jacinto Lajas
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Caricaturas de la libertad de expresión

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Me regocija –por lo que me divierte– la grandilocuencia y gravedad con que a menudo declaramos nuestra condición de demócratas y defensores de libertades y derechos fundamentales. Nos vanagloriamos de serlo, presumimos de ello, y no desperdiciamos ocasión para demostrarlo.

Así sucedió hace ya unos años, cuando unas caricaturas del profeta Mahoma publicadas en el diario danés Jyllands-Posten, vinculando Islam y terrorismo, levantaron una gran polémica. El periódico, con una línea editorial cercana a la derecha política, se defendió sosteniendo que la publicación de los dibujos respondía al ejercicio de la libertad de expresión. Un argumento con el que rápidamente se solidarizaron medios de toda Europa y de toda tendencia editorial.

No entendí entonces que insinuar tendenciosamente que todo musulmán lleva dentro de sí un terrorista tenga nada que ver con la libertad de expresión. Y sigo pensando que convertir la publicación de esas caricaturas en estandarte de esa libertad supone, precisamente, caricaturizarla.

Ahora, tras emitir Canal Plus Francia una parodia en la que, con Rafa Nadal de protagonista, se viene a acusar a los deportistas españoles de dopaje –“Los deportistas españoles no ganan por casualidad”– las tornas parecen haber cambiado. Los mismos medios que defendían a ultranza la libertad de expresión en el caso de las caricaturas de Mahoma ven ahora ofensiva la que se hace de nuestros deportistas. Y la Real Federación Española de Tenis ha declarado que demandará a la cadena francesa porque en la parodia “además de insinuaciones inadmisibles e injuriosas, se permite la utilización del distintivo y anagrama de esta federación”.

La televisión francesa se burla de Nadal y acusa a los deportistas españoles de doparse (Telecinco); ‘Ataque’ de los guiñoles de Canal + Francia a Rafa Nadal tras la sanción a Contador (RTVE); Mofa en Francia: ‘Campeones españoles. No ganan por casualidad’ (El Mundo)…

Burla, ataque, mofa, insinuaciones inadmisibles e injuriosas… Esto es lo que ven ahora los medios españoles cuando la caricatura nos afecta. Y muy posiblemente lleven razón. El insulto o la injuria gratuitos y a todas luces malintencionados no debieran considerarse una forma de humor. Y mucho menos ejemplo de lo que representa la libertad de expresión.

Pero sí no lo son ahora, tampoco lo eran antes. Y si ayer los defendíamos, no podemos condenarlos hoy. Las libertades y derechos no pueden ser algo moldeable, interpretados a conveniencia de cada cual según la ocasión.

Aunque no debiéramos extrañarnos. Nuestra actual concepción de la democracia tiene estas cosas. Falsedad e hipocresía, a partes iguales, campan a sus anchas. Tanto que finalmente resulta difícil considerar que seamos, como sociedad, algo más que otra caricatura entre las páginas de la comedia humana.

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9 de septiembre de 2011
por Jacinto Lajas
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El lenguaje político: las aspiraciones de González Pons

Esteban González Pons

No es inusual que pensemos o escuchemos en otros como comentario aquello de que los políticos deben creer que somos tontos cuando alguno de ellos se hace notar por manifestaciones tan grandilocuentes como vacías de contenido, inequívocamente demagógicas o que directamente intentan tergiversar la realidad para presentarnos como cierto algo que no está tan claro que lo sea.

Ellos, los políticos, conocen sin duda lo que pensamos, lo que comentamos, pero aún así insisten en esa línea de discurso. Debe ser que con todo, por más que nos consideremos vacunados contra sus manipulaciones, el mensaje surte el efecto deseado. Misterios del marketing político.

En cualquier caso, lo relevante para el asunto de que trata este post es que ese mensaje, ese discurso, rara vez son inocentes. Hasta en las ocasiones en que un político parece haberse equivocado y –aunque no es tan habitual– se disculpa o rectifica más tarde, debemos considerar si la equivocación fue tal o más bien un error medido y premeditado.

Las declaraciones que esta semana realizaba Esteban González Pons, revelando que el Partido Popular aspiraría a crear 3 millones y medio de puestos de trabajo en el caso de gobernar el país tras las próximas elecciones generales, es un buen ejemplo de un error que, analizado con cierto escepticismo, puede no parecerlo tanto.

La polémica generada tras esas declaraciones se ha centrado en una cuestión de verbos. A quienes quisieron entender que González Pons “había prometido” la creación de esos puestos de trabajo se les contestó que eso era incierto, pues lo que en realidad expresó es que “aspiran” a crearlos.

Prometer que algo se hará no es lo mismo, ciertamente, que asegurar que se aspira a realizarlo. Pero, aclarado y zanjado esto, descartar la promesa no nos puede llevar a vacíar de significado la aspiración.

Habitualmente –y de manera particular en política– aspirar a algo implica necesariamente el que exista alguna posibilidad, aunque remota, de conseguirlo. Si la promesa manifiesta un compromiso explícito, la aspiración encierra la aceptación implícita de que aquello a lo que se dice aspirar puede ser realizado.

¿Alguien puede imaginar a Rubalcaba asegurando que de llegar a la presidencia del gobierno aspira a situar a España, en cuatro años, como la primera potencia económica mundial? Seguramente las risas provenientes de la sede del PP en la calle Génova de Madrid resonarían en todos los rincones del país. Pero no sería algo más chistoso que lo expresado por González Pons. Si concedemos que aspirar a un objetivo no exige que éste sea creíble, cualquier aspiración será válida, por disparatada que resulte.

En realidad, lo que el otro día hizo González Pons fue transmitir el mensaje de que su partido creará empleo si llega al gobierno. De que es el partido más idóneo –si no el único capaz– para resolver el problema del paro. Y lo hizo sin comprometerse. De no cumplirse esa aspiración nadie podrá reprocharle nada, ni a él ni a su partido. Al fin y al cabo, tampoco nada han prometido.

Si realmente dijo lo que dijo sin haberlo pensado bien antes y no cree en sus propias palabras, debería rectificar y reconocer de manera clara lo imposible de sus aspiraciones –sin olvidar corregir la mencionada cifra de puestos de trabajo.

Si por el contrario sabía perfectamente lo que estaba haciendo, lo procedente sería que explicara cómo se podría llegar a ese número de empleos que, si bien no se han prometido, se entienden como objetivo alcanzable desde el momento en que se confiesa que se aspira a crearlos.

No creo que se llegue a dar ninguna de estas dos situaciones. Todo terminará, posiblemente, en esa disputa de verbos. Una cuestión en la que, por otra parte, sería deseable que no se detuviera la curiosidad periodística.

Imagen | Wikimedia Commons

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7 de septiembre de 2011
por Jacinto Lajas
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El asunto Wikileaks y la información tendenciosa

Wikileaks

A estas alturas, no hay mucho que desvelar sobre la polémica que afecta a Wikileks. Se ha difundido ya profusamente que esa organización ha hecho públicos documentos sin editar, que incluyen datos y nombres de personas que dejan a éstas al descubierto y pueden ponerlas en riesgo.

Hasta aquí, y disponiendo únicamente de esa información, resultan comprensibles las críticas y condenas que desde numerosos sectores –incluyendo los diarios antes colaboradores de Wikileaks o Reporteros Sin Fronteras– se han lanzado contra la organización o la figura de Julian Assange, en quien algunos personalizan la responsabilidad sobre la publicación de los documentos.

Sin embargo, Wikileaks se ha explicado. Nos parezcan convincentes o mera y pobre excusa, ha ofrecido sus razones. Según la organización, se han visto forzados a publicar los documentos sin editar a causa de una negligencia previa de The Guardian que ya había comprometido la información sensible que contienen.

La sucesión de hechos argumentada por Wikileaks y reconocida por The Guardian es, de manera resumida, la siguiente:

  • Hace ya tiempo, Wikileaks proporciona a The Guardian una contraseña de acceso a sus archivos para que el diario pueda consultar los documentos sin editar.
  • En febrero de este año, 2011, The Guardian publica un libro sobre Wikileaks en cuyas páginas se revela esa contraseña.
  • Más tarde, Wikileaks descubre que el paquete de documentos, a los que esa contraseña da acceso, está disponible para descarga en BitTorrent.
  • Ante esto, y no pudiendo saber a ciencia cierta quién ha accedido a toda esa información –por ejemplo, agencias de inteligencia de diferentes países– deciden hacer públicos los documentos, sin editar, para que periodistas, organizaciones pro derechos humanos, etc., puedan conocer su contenido.

La idea, según esta versión de Wikileaks, es que la información sensible contenida en los documentos podría estar ya en manos de “los malos” sin que las personas en riesgo a causa de esa información pudieran tener conocimiento de ello ni tomar medidas preventivas para su defensa. La publicación abierta, sin editar, vendría así a alertar a esas personas en lugar de abocarlas a un peligro al que en realidad ya se enfrentaban.

Como decía antes, que cada cual juzgue como quiera esta explicación, que no deja de ofrecer sus puntos de controversia. Para The Guardian es una tontería, y en su defensa alegan que Wkileaks les aseguró al proporcionarles la contraseña que ésta era temporal y sería eliminada en unas horas y que además desconocían que el archivo con los documentos estuviera disponible en la Red para su descarga y que la tan citada contraseña sirviera para descodificarlo.

A mí, sinceramente, lo que me parece una tontería es esa respuesta de The Guardian. Primero, porque, obsoleta o activa, no encuentro la menor justificación para la publicación expresa de la contraseña. Segundo, porque una vez tomada la cuestionable decisión de publicarla lo razonablemente aconsejable –y lo responsable– hubiera sido comprobar su inutilidad antes de llevar el libro a impresión. Se pongan como quieran en el diario británico, hacer pública una contraseña que puede dar acceso a información sensible es una negligencia. Sin que esto suponga, por otra parte, dar por totalmente irrefutable la explicación de Wikileaks.

Pero más allá de estas disputas entre Wikileaks y The Guardian, que ya veremos en qué terminan, hay otra cuestión colateral a este asunto que me parece preocupante.

Decía al principio que se ha informado profusamente sobre la publicacion de documentos de Wikileaks. Pero no es menos cierto que también ha sido abundante la información referida a la explicación de esa organización y su enfrentamiento con The Guardian. ¿Por qué entonces sigue habiendo quienes hablan y sentencian sobre lo primero pero callan lo segundo?

Esta mañana leía más de un artículo abundando en las críticas a Wikileaks sin que para nada apareciera mención alguna al hecho de que esa organización ha esgrimido argumentos en su defensa. ¿Será desconocimiento de ese dato u omisión intencionada?

Como lector, lo mínimo que puedo exigir en un artículo –aunque sea de opinión– es que me ofrezca todos los elementos de juicio para poder llegar a mis propias conclusiones. Si de manera consciente se me ocultan datos relevantes no me están informando, están intentando adoctrinarme. Y eso no es periodismo.

Bueno, sí. En nuestro panorama mediático puede ser periodismo. Pero tendencioso.

Imagen | Flickr de Jumanji Solar

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6 de julio de 2011
por Jacinto Lajas
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Google+ y el repentino empeño por sepultar a Twitter

Google+

Me había prometido a mí mismo no postear más aquí hasta concluir ese rediseño del blog que tengo a medias y pendiente desde hace ya mucho, pero los cánticos funerarios por Twitter tras la aparición de Google+ me han tentado a romper esa promesa. La nueva versión de WordPress, 3.2 Gershwin, y este nuevo tema tan limpio y mono que incluye por defecto, Twenty Eleven –que espero pero ya no prometo que sea sólo provisional en este blog–, me han acabado de convencer.

Google+ (Google Plus) se incorporó hace unos días al universo de las redes sociales –aún en beta y limitado el registro de usuarios– para despertar casi simultáneamente a los especuladores de la muerte tecnológica. La primera víctima, quizá la más lógica por las similitudes –ambas son redes sociales, estrictamente–, era Facebook. La nueva red de Google, decían muchos artículos en acreditados medios y sitios web, había llegado para terminar con el éxito de la criatura de Mark Zuckerberg.

Existe además en esa teoría un morbo añadido. Un poco maduro Zuckerberg –si es que ha madurado ya–, quizá obnubilado por el incipiente éxito de su red social, dijo hace tiempo en una entrevista que Facebook iba a terminar con la hegemonía de Google. Así, sin miedo. Como si fueran la misma cosa, vamos.

Y para remate de encontronazos entre ambas compañías, Facebook tuvo que admitir no hace mucho que contrató a una agencia de relaciones públicas para conseguir que blogs y medios publicaran informaciones desprestigiando a Google. ¿Es lo de Zuckerberg con Google algo más que una obsesión?

Pero dejemos a Facebook y pasemos a Twitter, como han hecho en días –si no en horas– los agoreros de la Web. Y es que de situar a la red social poco menos que en el obituario de Internet se ha pasado a difundir profusamente una nueva teoría. En realidad –aseguran–, quien ha de estar temblando por la aparición de Google+ es la red de microblogging Twitter.

Nunca he entendido muy bien aquello de las comparaciones entre Facebook y Twitter –dos servicios distintos con distintas finalidades y dinámicas– salvo en lo concerniente a número de usuarios y cosas así. Y aún en eso me chirríaba un poco el afán de algunos por establecer paralelismos a toda costa. Así que no puedo ahora, lógicamente, comprender el mismo caso en relación a Google+.

Pero aparte de eso, lo que me ha terminado de dejar más que sorprendido es el tipo de argumentos utilizados para intentar justificar ese temor que supuestamente ha de estar sintiendo Twitter en estos momentos. Para muestra voy a centrarme en los que ofrece SiliconFilter en Why Twitter Should be Very Worried About Google+:

Google+ está donde quiera que Google está. Esto es, en la barra de Google que incluyen sus diferentes servicios y que da acceso rápido a los demás. Es cierto. Y voy más allá. He instalado una extensión de Chrome que notifica las actualizaciones de Google+ incluso sin estar en ninguna página de Google.  Pero, ¿es ésta una diferencia decisiva en perjuicio de Twitter? Yo uso principalmente TweetDeck –y existen otros muchos servicios y aplicaciones– y estoy de Twitter a un paso tan cercano como pueda estarlo de Google+. Con el añadido de que desde TweetDeck puedo seguir varias cuentas de Twitter y Facebook, así como de otras redes y servicios. Y quien sabe, quizá pronto incluso de Google+.

Los Círculos. Aquí pienso que no hay mucho que decir. Sería un elemento diferenciador entre Google+ y Facebook, pero no veo la relación con Twitter. A no ser que se quieran confundir las cosas –como antes apuntaba– y pedirle a Twitter que sea lo que no es. No, Twitter no es lugar para jugar a construir granjas ni almacenar fotos. Es una red de microblogging, solamente. Otra cosa.

Los comentarios. Más de lo mismo, pero con un agravante. Ahora resulta que los replies en Twitter son toscos y difíciles de comprender para los nuevos usuarios. Y claro, no puedes tener un hilo de replies como lo tienes de comentarios. Gran descubrimiento.

Google+ será una plataforma. O lo que es lo mismo, contará con APIs –que aún no ofrece– para que se puedan desarrollar aplicaciones que interactúen con la red. Es lo lógico, y seguramente todos nos beneficiaremos. Pero el uso de APIs no es algo exclusivo de Twitter, ¿por qué un enfrentamiento directo en ese terreno con Google+?

No existe un límite de caracteres. En referencia a los 140 de Twitter. Aquí hay dos cuestiones. Primero, que hoy en día es inexacto que ese límite sea estricto. TweetDeck –por poner sólo un ejemplo, que hay más– te permite postear en Twitter sobrepasando ese límite. Segundo, que es cuando menos discutible que ese límite suponga una desventaja. Para mí no sólo no lo es, sino que creo que el éxito de Twitter radica en buena medida en esa limitación. Aunque este post no es lugar para argumentar ahora esta cuestión.

Google no tiene que preocuparse por la rentabilidad. Mientras Twitter ha de ingeniárselas para financiarse, a Google, en caso de querer rentabilizar directamente Google+, la bastaría con incluir anuncios de AdSense en la sidebar. Este es quizá el argumento más divertido. Creo que sobran las explicaciones.

Las Quedadas. Un argumento que no entiendo. ¿Videoconferencias múltiples en Twitter?

Exceptuando el tema de los 140 caracteres, de no ser mencionado Twitter como objeto de comparación se podría deducir con bastante más facilidad y buena lógica que fuera Facebook la red enfrentada a Google+. Y, por otra parte, este mismo argumentario, casi idéntico, serviría para establecer que Facebook debiera haber acabado con Twitter hace tiempo. ¿Por qué entonces eso de Google+ como “Twitter killer”?

Cada vez me está gustando más Google+. Y no creo que deje de gustarme Twitter. Ni veo por el momento ningún tipo de duplicidad de actividades en el uso simultáneo de ambos servicios. Si pienso, por el contrario, que Facebook pudiera sentirse afectada. No hasta el límite de las marchas fúnebres que tanto se anuncian, pero sí, como opinaba Javier Maján en un hilo de comentarios en Google+, en el sentido de que se dé una segmentación de usuarios que reparta adeptos entre ambos servicios. Lo que significaría una pérdida de usuarios para Facebook.

Aunque esto es sólo una posibilidad entre muchas otras, y nadie puede saber con certeza qué pasará. De momento, hay que esperar a ver cómo crece Google+, aún en pañales, y si sus posibles competidores toman medidas para contrarrestar la irrupción de la nueva red. Algo que Facebook ya ha empezado a hacer.

En cuanto a Twitter, lo mismo. El tiempo dirá. Aunque ya me empieza a resultar sospechoso ese empeño repentino por sepultarla.

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