El laicismo pertinaz
27 de Noviembre de 2006
En el vídeo, que relata un incidente acaecido durante la campaña a la elecciones presidenciales en Ecuador -de las que el candidato izquierdista Rafael Correa se ha declarado vencedor-, un nada tibio comentarista arremete no sólo contra el candidato de la derecha, Álvaro Noboa, sino también contra el apoyo implícito a éste, y la beligerancia explícita contra el representante de la izquierda, que muestra la jerarquía católica de aquel país.
Según se deduce de las palabras del comentarista, esa jerarquía debió salir al paso de algunas declaraciones de Correa en las que sacara a relucir ese “humanismo cristiano de izquierdas” qué él mismo confiesa profesar. No haría mucha gracia a la Iglesia ecuatoriana que Cristo apareciera en boca de un candidato que no es el suyo, y se apresuraron a pedir que no se mezclara a Dios con los asuntos terrenales. Sin embargo, como reprocha el comentarista, nada objetan esos jerifaltes eclesiásticos cuando el que usa la parafernalia católica para conseguir votos es el candidato de la derecha. Ante eso callan y conceden.
He recordado este vídeo y lo he traído aquí después de leer un post de Diego Cruz en el que habla sobre la Conferencia Episcopal y una nueva Instrucción Pastoral en la que andan trabajando: “Orientaciones morales ante la situación actual de España”.
Como dice el mismo Diego, no es precisamente la jerarquía católica, tanto por su trayectoria histórica como por sus posiciones actuales ante muchas cuestiones y en muchos lugares, la más adecuada para ir dando lecciones de moralidad. El caso de Ecuador que aquí aparece es sólo un pequeño ejemplo de cómo la Iglesia Católica -su jerarquía, que esto quede claro, pues no todo son sombras entre las gentes de la Iglesia- sigue actuando hoy en día movida por la defensa de intereses que nada tienen que ver con Dios, la fe o la moralidad, y sí mucho con el poder terrenal, las más bajas ambiciones humanas o el místico e inmoral encubrimiento de esa injusticia que siempre castiga a las gentes más humildes.
Con todo, lo que más me sigue sorprendiendo, en el caso de los obispos españoles, es la interpretación que del laicismo parecen querer transmitir, como si la lógica separación entre el Estado y las diferentes organizaciones o confesiones religiosas con que se identifiquen de manera particular los ciudadanos representara una amenaza de dimensiones apocalípticas.
La cosa tiene su fondo, oscuro, en el que subyace la idea de una única religión posible y de sus representantes como exclusivos guías del proceder moral individual y colectivo. No es ya que manifiesten la creencia de que su fe es la verdadera, es natural que así lo sientan. Ni tampoco que pretendan que los otros compartan ese fervor, es lógico si sus convicciones son sinceras. Se trata de algo más perverso, menos espiritual. De amenazar con grandes males irremediables señalando con el dedo a los responsables de ese posible futuro tenebroso. Y de hacerlo, que es lo más grave, con la única intención de obtener beneficios más terrenales que de otro orden.
En otro tiempo fueron las otras religiones, o el comunismo, o la masonería… La Iglesia Católica va cambiando el enemigo, la amenaza, adaptándose a la sociedad y el tiempo en el que vive, pero manteniendo viva esa idea profunda de que sólo en su poder se encuentran las claves de lo justo, lo verdadero, lo necesario.
Mientras tanto, y ahí reside su mayor delito, no encuentran reparos en enfrentar a unas gentes contra otras, los buenos contra los malos, los creyentes contra los impíos, los que siguen pensando que esa Iglesia Católica debe ser privilegiada por el Estado, cuando no tratada aún como si fuera la oficial, y los que mantienen que debe existir esa separación entre ambos estamentos que el laicismo promulga.
Seguramente coincidiría con los obispos en que hay una cierta crisis de valores que enturbia la convivencia en nuestras sociedades occidentales. Pero no creo que estuviéramos ya de acuerdo al señalar los posibles orígenes y vías de solución de esa crisis. En mi concepción del asunto ellos no son el remedio, son parte del problema. Lo es su actitud intransingente, su manipulación interesada de la realidad -léase COPE, por ejemplo-, su indisimulada soberbia… En definitiva, esa triste y negra imagen que del cristianismo ofrecen.
Es su prepotencia, y no el laicismo, lo que aleja a la gente de todo lo bueno que propone y enseña esa fe que dicen representar.























Desgraciadamente éstos jerarcas, a los que Serrat llama en una de sus canciones “macarras de la moral”, parecen no haberse dado cuenta que estamos en el siglo XXI. O si, y lo que pretenden a toda costa es el control y el poder que en otro tiempo tuvieron.
Comentario de Diego Cruz | 27 de Noviembre de 2006
Yo creo que que siempre buscan mantener ese poder y que sí que saben bastante bien en qué siglo y en qué realidades vivimos. Por eso en cada lugar actúan de una manera, más directa o más sibilina según las circunstancias y la idiosincrasia del sitio.
Un abrazo, Diego.
Comentario de Jacinto | 27 de Noviembre de 2006
No me imagino a Matias Prats, Iñaki Gabilondo, Piqueras o Milá haciendo este tipo de comentarios en las TV’s nacionales, porque, slvando las distancias y con diferentes formas, lo mismo pasa por estas tierras.
Comentario de Chiqui | 27 de Noviembre de 2006
Aquí es que somos ya más comedidos. O algo así.
Comentario de Jacinto | 27 de Noviembre de 2006