No es inusual que pensemos o escuchemos en otros como comentario aquello de que los políticos deben creer que somos tontos cuando alguno de ellos se hace notar por manifestaciones tan grandilocuentes como vacías de contenido, inequívocamente demagógicas o que directamente intentan tergiversar la realidad para presentarnos como cierto algo que no está tan claro que lo sea.
Ellos, los políticos, conocen sin duda lo que pensamos, lo que comentamos, pero aún así insisten en esa línea de discurso. Debe ser que con todo, por más que nos consideremos vacunados contra sus manipulaciones, el mensaje surte el efecto deseado. Misterios del marketing político.
En cualquier caso, lo relevante para el asunto de que trata este post es que ese mensaje, ese discurso, rara vez son inocentes. Hasta en las ocasiones en que un político parece haberse equivocado y –aunque no es tan habitual– se disculpa o rectifica más tarde, debemos considerar si la equivocación fue tal o más bien un error medido y premeditado.
Las declaraciones que esta semana realizaba Esteban González Pons, revelando que el Partido Popular aspiraría a crear 3 millones y medio de puestos de trabajo en el caso de gobernar el país tras las próximas elecciones generales, es un buen ejemplo de un error que, analizado con cierto escepticismo, puede no parecerlo tanto.
La polémica generada tras esas declaraciones se ha centrado en una cuestión de verbos. A quienes quisieron entender que González Pons “había prometido” la creación de esos puestos de trabajo se les contestó que eso era incierto, pues lo que en realidad expresó es que “aspiran” a crearlos.
Prometer que algo se hará no es lo mismo, ciertamente, que asegurar que se aspira a realizarlo. Pero, aclarado y zanjado esto, descartar la promesa no nos puede llevar a vacíar de significado la aspiración.
Habitualmente –y de manera particular en política– aspirar a algo implica necesariamente el que exista alguna posibilidad, aunque remota, de conseguirlo. Si la promesa manifiesta un compromiso explícito, la aspiración encierra la aceptación implícita de que aquello a lo que se dice aspirar puede ser realizado.
¿Alguien puede imaginar a Rubalcaba asegurando que de llegar a la presidencia del gobierno aspira a situar a España, en cuatro años, como la primera potencia económica mundial? Seguramente las risas provenientes de la sede del PP en la calle Génova de Madrid resonarían en todos los rincones del país. Pero no sería algo más chistoso que lo expresado por González Pons. Si concedemos que aspirar a un objetivo no exige que éste sea creíble, cualquier aspiración será válida, por disparatada que resulte.
En realidad, lo que el otro día hizo González Pons fue transmitir el mensaje de que su partido creará empleo si llega al gobierno. De que es el partido más idóneo –si no el único capaz– para resolver el problema del paro. Y lo hizo sin comprometerse. De no cumplirse esa aspiración nadie podrá reprocharle nada, ni a él ni a su partido. Al fin y al cabo, tampoco nada han prometido.
Si realmente dijo lo que dijo sin haberlo pensado bien antes y no cree en sus propias palabras, debería rectificar y reconocer de manera clara lo imposible de sus aspiraciones –sin olvidar corregir la mencionada cifra de puestos de trabajo.
Si por el contrario sabía perfectamente lo que estaba haciendo, lo procedente sería que explicara cómo se podría llegar a ese número de empleos que, si bien no se han prometido, se entienden como objetivo alcanzable desde el momento en que se confiesa que se aspira a crearlos.
No creo que se llegue a dar ninguna de estas dos situaciones. Todo terminará, posiblemente, en esa disputa de verbos. Una cuestión en la que, por otra parte, sería deseable que no se detuviera la curiosidad periodística.
Imagen | Wikimedia Commons
