Está previsto que los primeros contenidos se empiecen a publicar en 2008 y que en los próximos diez años se vaya cubriendo toda la información de 1.800.000 especies de animales, plantas y otras formas de vida sobre la Tierra de las que se tiene conocimiento en la actualidad, más otro millón de especies que la comunidad científica estima que se descubrirán durante ese tiempo.
Es la Encyclopedia of Life, un proyecto emprendido conjuntamente por algunas de las instituciones científicas más prestigiosas del mundo con el que se pretende que por primera vez en la historia científicos, investigadores, estudiantes, docentes y ciudadanos en general tengan acceso al conocimiento de todas esas especies vivas. Una enorme base de datos siempre actualizada, en la que se irían incluyendo las nuevas especies a medida que se vayan descubriendo.
Texto, imágenes, vídeo, sonido, mapas de localización… Toda la información disponible sobre cada especie en un entorno basado en un formato wiki de edición moderada pero de libre consulta para los usuarios.
El concepto tradicional de biblioteca nos remite a la solemnidad que conlleva la posesión del conocimiento y nos trae a la mente la imagen de una sala repleta de estanterías pobladas por libros que atesoran todo ese saber, escrutados con pasión por silentes eruditos.
Pero esa imagen corresponde a épocas ya lejanas, en las que el saber sólo estaba al alcance de unos cuantos. Hace ya tiempo que el acceso al conocimiento se universalizó y las bibliotecas mudaron su cometido. Dejaron de ser estancias cerradas, casi secretas, para convertirse en vitrinas abiertas de las que manaba la cultura para el común de las gentes.
Unas y otras tenían algo en común, los libros. En ellos se encerraba, se encierra, el conocimiento. Hasta que la llegada de la revolución digital ha puesto en entredicho su necesidad y, con ella, la de las bibliotecas que los guardan. Hablar de bibliotecas y futuro parece tener sólo un debate posible, el de la información impresa contra la información digital, libros contra ordenadores, lectores contra internautas.
No es cuestión menor. Las bibliotecas, lógicamente, han y habrán de adecuarse a las nuevas tecnologías, digitalizar sus catálogos, permitir el acceso a Internet de los consultantes, servir el conocimiento a los usuarios remotos, jugar un papel fundamental en la democratización plena del acceso a la cultura, etc. En definitiva,“transformarse en motores de la preservación y difusión del conocimiento en el futuro”.
Pero las bibliotecas -las públicas, se entiende- pueden ser algo más que meras transmisoras de ese conocimiento. Si la cultura es algo vivo, es también algo a compartir, a disfrutar colectivamente. Las bibliotecas, entendidas como centros comunitarios, son un espacio cívico idóneo para ese acercamiento compartido a la cultura.
Actividades lúdicas, culturales, educativas, manifestaciones artísticas, debates cívicos y un sinfín más de iniciativas pueden caber en el entorno de la biblioteca, convertida en un lugar de encuentro donde los ciudadanos puedan interactuar y conocerse, aprender juntos, hacer cultura juntos.
Las lenguas son algo vivo, mudable, y uno de los cometidos de las Academias que velan por su buen uso es el de incorporar regularmente a los diferentes diccionarios esos nuevos términos que pertenecen ya, de forma generalizada, al vocabulario cotidiano de los hablantes.
Su uso es, pues, correcto. Pero ha llegado un punto en que encontrarse con su predecesor, sinónimo y etimológicamente más fundamentado influir es prácticamente imposible. Ahora nada nos influye, todo nos influencia.
Influenciar suena peor -al menos a mí-, es más largo y complicado de pronunciar y, para colmo, si queremos saber su significado tenemos que acudir necesariamente al casi desterrado influir, ya que a él nos remite el diccionario.
Quizá sea que influenciar nos parece más culto, más moderno, más… No lo sé. Supongo que cada hablante que use el término conocerá los motivos que le llevan a complicar su discurso sin una justificación aparente, a elegir el camino más largo e intrincado cuando pudiera llegar al mismo sitio por una vía más directa.
Claro, que tampoco entiendo por qué tanta gente prefiere sentirse impactada en lugar de quedarse impresionada. Debe ser que en esto del habla se ha instalado alguna nueva moda que desconozco. Y que debe incorporar como requisitos, para ser un hablante adscrito a ella, cierta propensión al masoquismo y un exagerado gusto por lo barroco y enrevesado.
No se sabe muy bien por qué a algunos intelectuales les da, de cuando en cuando, por poner en duda el orden vigente de las cosas con peregrinas ideas que, muy lejos de aportar remedios prácticos a los supuestos problemas, sólo vienen a complicar aún más lo que era ya de por sí complejo y en teoría -y de ahí la necesidad de revisarlo- no estaba bien resuelto.
Un ejemplo de esas iluminaciones es el que Álvaro Enrique aborda en un artículo en el blog de la redacción de Letras Libres. Se trata de la ocurriencia que Carlos Fuentes ha estado proponiendo durante un tiempo acerca de los términos “América Latina” o “Hispanoamérica”. Defiende el escritor que son éstos inexactos, y sugería que debieran ser sustituidos por el más justo “Indoafroiberoamérica”.
Complicado, sí. Y como hace notar Álvaro Enrique en su artículo, tampoco tan justo y tan exacto, pues aún resultaría discriminatorio para con otras sangres y culturas que también habitan en el territorio cultural que el término abarca.
Parece ser que el propio Carlos Fuentes debió terminar comprendiendo que esa propuesta no era la más conveniente, y hace poco proponía otra nueva denominación que la sustituya. Pero si mala es la enfermedad, peor va siendo cada nuevo remedio. Al escritor se le ha ocurrido ahora que, en honor al despliegue cervantino, esa parte del mundo pase a ser conocida como “La Mancha”.
Sus habitantes deberían ser entonces “manchegoamericanos”, advierte Enrique, si queremos diferenciarlos de los “manchegos” españoles. Pero esto supone regresar al origen del problema. ¿Qué hay entonces de los indios, los negros, los de origen italiano, gallego o catalán…?
Concluye Álvaro Enrique que lo mejor es que a América Latina se le llame… “América Latina”. Pero yo voy aún más lejos. Mi propuesta es que se olviden de los “territorios culturales” y que América siga siendo del Norte, Central o del Sur, según los casos.
Y que el organismo internacional competente -si es que existe tal cosa- apruebe una resolución por la que se exija a los cargos públicos de Estados Unidos que dejen de referirse oficialmente a su país como “América” y a sus compatriotas como “americanos”. Que dejen de confundir la parte con el todo.
Como dicen en Avaaz.org, esas diferencias entre civilizaciones que algunos quieren hacernos ver como abismales e insalvables no son una cuestión de cultura, sino de política. De la política instalada en la peor de sus expresiones posibles.
Por eso nos proponen firmar una petición para que las negociaciones de paz en torno al conflicto entre israelíes y palestinos se reanuden con el decidido afán de llegar a acuerdos viables y definitivos.
Ese interminable y dramático conflicto está en el centro de una problemática de ámbito internacional que sólo provoca muerte y desolación en unos y otros lugares. Quizá no sea tan mala idea que los ciudadanos, los que tantas veces declaramos nuestros deseos de paz, comencemos a exigir con firmeza a la clase política que trabaje en serio por la consecución de esa paz.
memori@: ¡Qué razón tienes! parece increíble, que es como si no s...
Jacinto: Usted sí que alimenta la esperanza, maese Gervais. :)
Ab...
Gervais: Si, Stralunato Renacentista, es una hermosa aspiración... y...
Jacinto: Sí, ya leí tu post. ;)
Bueno, es una opción más. Creo...
Gustablog: No me alegra demasiado la noticia, creo que hay una organiza...
Ando enredado en
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