Esté vídeo de Manolo Lama animando a unos cuantos seguidores atléticos a dejar unas monedas a un mendigo está haciendo correr ríos de tinta digital en los que se exigen disculpas al periodista o incluso se pide su dimisión o su despido.
El hecho constituye todo un despropósito, desde luego, y las disculpas del propio Lama y de la cadena que emitió el vídeo deben ser claras e inequívocas. Pero también me parece que tanta inmediatez y contundencia en la respuesta en blogs, redes sociales e incluso medios de comunicación está siendo ligera no sólo en rapidez sino también en profundidad de análisis.
Hasta donde se ve en el vídeo, Lama pide a los atléticos echar dinero en el cuenco del mendigo. El depositar en él un móvil o una tarjeta de crédito para después recuperarlos -bromas sin gracia donde yo encuentro mayor afrenta a la dignidad de esa persona- no es ocurrencia del periodista sino iniciativa propia de algunos aficionados.
Sin embargo, no he encontrado hasta ahora en Twitter ninguna crítica a esos aficionados.
Esas personas, sus ofensivas ocurrencias, representan lo que somos como sociedad, en lo que nos estamos convirtiendo. Quizá no nos interese resaltar eso. Es más fácil pedir la dimisión de un periodista y seguir tan felices y tan llenos de nosotros mismos y de nuestras bondades. Alimentadas y engordadas éstas con nuestras digitales expresiones de indignación y vergüenza.
Somos así. Así de hipócritas.
Y sí, digo mendigo y no persona sin hogar, indigente o cualquier otro término políticamente correcto precisamente para no caer en esa hipocresía.
Porque quien practica la mendicidad, guste o no a quienes pretenden hacer de la hipocresía virtud, es un mendigo.
Un excelente muestrario de innovaciones, aunque según apuntan en Fast Company responde también a otro propósito, mostrar a los anunciantes las ventajas de la publicidad en los contenidos interactivos.
La ecuación es sencilla: más tiempo del usuario en el sitio gracias a esos contenidos, más tiempo de exposición de la marca anunciante.
Nuevos métodos más sutiles que la prohibición expresa y abierta, que pueden llevar a los medios a la necesidad de aplicar la autocensura si es que quieren subsistir. Y que se practican no sólo en aquellos países donde los problemas con la libertad de prensa son bien conocidos, sino también en otros donde esa situación no es tan evidente.
Me recordaba esta lectura una conversación con Luis Carlos Díaz, a través de mensajes directos en Twitter, no hace mucho tiempo, cuando el movimiento en defensa de la libertad de prensa en Venezuela bullía a todas horas en esa misma red de microblogging mediante el uso de la hashtag #FreeMediaVe.
Comentaba entonces a Luis Carlos mi impresión sobre la “infiltración” en el hilo de mensajes con esa tag de usuarios no venezolanos y quizá hasta ajenos a los propósitos de su uso. Y que más parecían aprovechar la coyuntura para dar rienda suelta a su antichavismo, pero con mensajes poco apropiados -en algunos casos con verdaderas barbaridades- para la causa que se pretendía defender.
Progolpistas hondureños o uribistas acérrimos, entre otras suertes de antichavistas, se habían adueñado de la tag para -en mi opinión, dado el cariz de muchos de sus mensajes- colaborar más en el desprestigio de esa causa que en su defensa.
La pista sobre esa incursión externa me la dio una respuesta a un tweet mío en el que enlazaba a un artículo de prensa donde el presidente de Colombia, Álvaro Uribe, no salía muy bien parado. En un tono entre la burla y la ofensa -lo que ya dice mucho de su autor, a quien no conozco de nada-, el mensaje de respuesta venía a cebarse en mi supuesta ignorancia por dar crédito -también supuestamente, pues sólo tuiteé el enlace, sin ofrecer opinión personal alguna sobre su contenido- a lo que en ese artículo se afirmaba.
Pero lo que más me sorprendió fue ver, cerrando el mensaje, la tag #FreeMediaVe.
Principalmente, porque no pintaba nada en el contexto de nuestros mensajes, ajeno totalmente a la situación sufrida en Venezuela.
En segundo lugar, porque el tono de la respuesta no animaba a imaginar a su autor como muy respetuoso con la libertad de expresión ajena, premisa indispensable para solicitar el respeto por la propia.
Y finalmente, porque conociendo la triste trayectoria reciente del periodismo colombiano, con demasiados periodistas asesinados y exiliados a voluntad para huir de ese más que posible trágico fin, me costaba creer que a quien tanto parecía molestar que se criticara a Uribe le importara lo más mínimo la libertad de prensa, ni en su país ni en el vecino.
La realidad es que, curiosa y paradójicamente, pese a la caída en picado de la libertad de prensa en Venezuela, tanto Honduras como Colombia, países desde los que defensores enconados de sus respectivos gobiernos -el del golpista Micheletti y el de Uribe- enviaban encendidos mensajes al canal #FreeMediaVe, se encuentran aún en peor situación que la provocada hasta el momento por el gobierno de Chávez:
[...] La otra evolución que destacar concierne evidentemente Honduras (128º), ya de por sí con mala clasificación, donde el golpe de Estado del 28 junio 2009 le costó caro a la libertad de prensa. Predador de los medios de comunicación que no gozan de su favor, el gobierno golpista desplegó una verdadera estrategia de “silencio” de la información en detrimento de la prensa internacional. [...]
[...] El otro retroceso importante concierne a Venezuela (124º), que cuenta con un periodista asesinado en un contexto de inseguridad elevada, y donde el gobierno de Hugo Chávez modifica permanentemente las reglas para eliminar progresivamente cualquier prensa crítica del paisaje audiovisual hertziano. La confiscación inopinada, en agosto de 2009, de las frecuencias de 34 canales y emisoras regionales, responde directamente a este objetivo. El país, ya en mala posición en la clasificación anterior, se encuentra ahora entre los países peor considerados del continente en materia de libertad de prensa, no muy lejos de Colombia (126º) y México (137º ex aequo). En estos dos países, la violencia ambiente, que genera autocensura y temas tabús, se debe también y por mucho a los representantes de la fuerza pública. [...]
Con Cuba a la cabeza de los países latinoamericanos con menos libertades, en el puesto 170 de un total de 175 países, los cuatro citados en los párrafos anteriores, con su posición en la lista entre paréntesis, son los que la siguen inmediatamente.
La sensación que queda tras revisar el informe -ampliada con las denuncias en la Asamblea de la SIP-, es que Latinoamérica en su conjunto parece suspender en esa asignatura de la libertad de prensa. Una deriva preocupante, pues sin una prensa independiente la libertad de expresión se ve también mermada, y con ambas disminuidas es la calidad democrática la que mengua irremediablemente.
El Festival busca reunir activistas de medios libres y de vídeo en todas partes del mundo, para celebrar y demostrar el crecimiento y alcance que ha tenido el movimiento de Indymedia.org en los últimos diez años. Es una invitación a reactivar y fortalecer las redes de trabajo, colaboración y la organización colectiva alrededor de un Festival Mundial, resaltando vídeo documentales y films producidos por activistas de vídeo y de medios libres, y una celebración de todas las demás formas de medios libres de comunicación incluyendo radio, gráfica, periodismo impreso y en línea, y tecnologías del Internet.
Aunque cueste creerlo, los malabarismos mentales ejercitados al servicio del delirante empeño de alterar nuestra percepción del mundo que nos rodea -introduciendo una realidad paralela que suplante a la que creemos vivir- no es práctica exclusiva de nuestros patrios “populares”.
En Estados Unidos, Fox News también se entretiene en inventar realidades y modelarlas para que se adapten al discurso pretendido. Para ello, no dudan en recurrir al ingenioso juego de los acrónimos, logrando relacionar a Obama con el término “Oligarquía”.
Aunque en este caso al mago del ingenio, Glenn Beck, se le haya despistado una C del término en inglés, “Oligarchy”. ¿Será que no sabe deletrear esa palabra?
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