Aparecía este miércoles Víctor Manuel en El Hormiguero y se sometía a uno de esos juegos con que Trancas y Barrancas suelen enredar a los invitados. En esta ocasión, se trataba de utilizar la famosa canción que pone música al poema de Nicolás Guillén “La Muralla” para que el cantante decidiera si abrirla o cerrarla a lo propuesto por las dos hormigas del programa.
Así, al “¡Tun, Tun!” de las hormigas respondía Víctor su “¿Quién es?”, y entonces las primeras soltaban su propuesta para que este último respondiera con un “Abre la muralla” o “Cierra la muralla”, según los casos.
Yo ya esperaba -no por mérito adivinatorio mío, sino por previsible- que una de las cosas a permitir o condenar tuviera relación con la cuestión de la propiedad intelectual y la mal llamada “piratería” en la Red -tan de moda últimamente merced a la polémica sobre la ley antidescargas-, pero mi intuición se vio satisfecha sólo a medias.
Para mi sorpresa, las dos hormigas sometieron al juicio del cantante a… ¡Facebook y Twitter! Y éste, tras una pícara sonrisa cómplice, soltó un “Cierra la muralla” con la expresión y el tono de voz de quien está manifestando lo evidente.
No sé si era una “propuesta trampa” o es que Trancas y Barrancas están poco puestas en asuntos de Internet, pero ya me sorprendió su envite. Y no lo hizo menos la condena del cantante, con ese gesto que parecía querer expresar que no existía otra respuesta posible.
O Víctor Manuel tiene un problema con las redes sociales del que no he llegado a tener noticia o no entiendo nada. ¿Será que tras los portales y webs con enlaces a descargas están ya pensando los “creadores” cerrarnos también esas redes? ¿Se sienten amenazados por ellas?
Eso sí, a la siguiente propuesta, el porno en la Red, respondió el cantante con un “Abre la muralla” para el que no tuvo que dudar.
Será que para algunos el Lib y el destape siguen siendo mayores símbolos de libertad que el que ésta se materialice de manera efectiva en Internet.
Que seas el presidente de una gestora de derechos de autor -con lo beligerantes que son- y el ordenador te acuse de usar una versión no original de Powerpoint en mitad de una presentación, con todos los asistentes al acto viendo la ventanita con el aviso, debe provocar un buen bochorno.
Para aclarar el asunto han dispuesto una auditoría independiente. Y Ubiergo, por su parte, ha presentado la renuncia como presidente de la entidad. ¿Qué lío, no?
El absurdo mayor en todo esto es que existiendo programas alternativos de software libre, plenamente legales y en muchos casos también gratuitos -como OpenOffice en el asunto que nos ocupa-, las entidades de gestión de derechos de autor se obliguen a sí mismas a pagar caras licencias de software propietario sólo por ser consecuentes con ese discurso caduco que mantienen.
Si esa auditoría solicitada por la gestora chilena se realizara también en sus entitades iguales en otros países y, aún más, se extendiera a los equipos informáticos personales de los músicos y autores que con tanta docilidad defienden públicamente las agresivas consignas de sus gestores, las “copias piratas” de software aflorarían por doquier. Seguro.
Según informa Times Online, los dibujos del famoso marinero Popeye, degustador empedernido de espinacas en películas de dibujos animados cuya sintonía forma parte de la banda sonora de mi infancia -y de las de quienes son “de mis hierbas”, junto con la de Félix El Gato, Los Picapiedra o las canciones de Los Chiripitifláuticos, entre otras-, han dejado a principios de este año de estar sujetos al copyright en el Reino Unido, una vez que han transcurrido 70 años desde la muerte de su creador, Elzie Segar.
Eso sería así en virtud de una directiva de la Unión Europea, que marca en esos 70 años el límite para el disfrute de los derechos de autor tras la desaparición del mismo. En Estados Unidos, donde ese límite se prolonga hasta los 95 años -y lobbies como el de Disney ya se ocupan de que no se reduzca-, el personaje seguirá protegido por esos derechos hasta el año 2024.
Esto supone que a partir de ahora cualquiera podrá usar esos dibujos libremente en posters, camisetas y otros soportes. Aunque esta liberación no afecta a la marca registrada asociada con el marino fortachón, propiedad de King Features, una filial de Hearst Corporation.
“Gracias a la piratería” es un guiño de mi cosecha, irónico y hasta provocador, si quieren, pero que se sustenta en una deducción de lo más lógica: si, cuando desciende la recaudación en el cine patrio, los talibán del copyright no dudan en responsabilizar rápidamente a la ‘piratería y el P2P sin aportar ni un solo dato que lo corrobore; ahora, que aumenta esa recaudación y que las descargas en Internet siguen ‘in crescendo’ también, es de suponer que esos mismos visionarios le atribuirán al libre intercambio de cultura en la Red el éxito de su crecimiento.
El mismo Almeida explica después que no, que cuando las cosas van bien y no se puede ocultar que van así, el tema de la piratería “ni mentarlo”.
Y es que todo ese asunto de la “piratería” como denominación global, con el que tanto nos bombardean, no es mas que el permanente intento de presentar como criminales actividades que no lo son mediante el método de asociarlas con otras que todos reconocemos como ilegales.
Así, cualquier cosa que afecte a los intereses particulares de unos cuantos se convierte por arte de falaz magia en un tremendo mal social que hay que combatir enérgicamente, capaz incluso, y la cosa sigue teniendo su guasa, de acabar de una vez por todas con la cultura. Que ya es delito mayor.
Y aunque la cultura no muera, que no muere, y hasta el siempre quejumbroso cine español duplique la recaudación, esos “talibanes del copyright” seguirán sembrando la confusión y criminalizando a todo aquel que no acepte bailar al son de sus intereses.
Esto en el caso de España, peculiar en muchos aspectos. Pero el resto del mundo no va mucho mejor, como también se puede leer en otra entrada de Mangas Verdes:
“El G8, reunido la semana pasada en Japón, estudia dotar a los oficiales de aduanas de los aeropuertos de poderes para confiscar ordenadores, teléfonos y reproductores MP3 en busca de material “pirateado”.
Así las cosas, quizá tengamos que secundar la iniciativa Copyright Criminals de Open Source Cinema y hacernos todos nuestra ficha de “criminales de la copia” para autoinculparnos ante el mundo:
Aunque a mí, más que fotos con las que realizar después vídeos, casi se me ocurre hacerme directamente una camiseta con la que ir declarando a todas horas mi criminal condición.
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