Hace ya unos años, un conocido despotricaba en un bar contra los temporeros que le ayudaban a cosechar sus tierras. Éstos eran musulmanes, y lo que tanto parecía molestar al español era que debieran cumplir con la obligación de la oración, uno de los preceptos fundamentales de su fe.
La única lógica que yo podía entender en esa queja era que su rendimiento laboral se viera resentido por las paradas para esos rezos. Pero no era el caso. Respondiendo a mis preguntas, el agricultor reconoció que eran buenos trabajadores y recuperaban con creces el tiempo que hubieran de emplear en orar. De hecho, no era la primera vez que los contrataba, ya habían trabajado para él en años anteriores. No tenía pues en ese sentido, en lo relativo a su trabajo, nada que objetar.
Entonces, ¿cuál era el problema? Simplemente el hecho de que se se pusieran a orar en mitad del campo, según la propia descripción despectiva de su temporal patrón, “con el culo en pompa”. Sólo eso, el que no por estar en España como inmigrantes dejarán de mantener sus costumbres y cumplir puntualmente con sus ritos y preceptos.
Es la idea de que un emigrante debe dejar atrás sus costumbres y señas de identidad para adoptar las del lugar de destino. Y que esto supone más una obligación, equiparable a la de respetar las leyes, que una alternativa de libre elección.
Una idea errónea y peligrosa que alimenta la xenofobia cuando no nace de ella. De ahí que un estado democrático y receptor de inmigración debiera no sólo regular formalmente la integración de esos inmigrantes sino también educar a la ciudadanía en el pleno respeto a la identidad del otro. Un respeto sin el cual la convivencia social se verá siempre salpicada de conflictos.
Corremos el riesgo -si es que no nos hemos zambullido ya en él- de llegar a pensarnos mejores que quienes por las razones que fueran se ven obligados a abandonar su tierra para terminar viviendo a nuestro lado. Y desde ahí avanzar hasta el demencial convencimiento de que estamos legitimados para exigirles un modo determinado de actuar, de pensar y hasta de sentir.
Olvidamos a menudo -o preferimos ignorar- nuestra parte de responsabilidad en la generación de las situaciones que conducen a esas gentes a la emigración como alternativa de supervivencia. Durante siglos hemos hecho nuestro lo suyo, dejándoles tan sólo unas migajas, y promovido o consentido -hasta hoy- que sean explotados por nuestras empresas, gobernados por la corrupción y la injusticia y amenazados por extremas violencias cotidianas. Lo último, para terminar de ahogarles, es quitarles las tierras de cultivo.
Pero en lugar de exigir a nuestros gobernantes que colaboren en la solución de los problemas que motivan el hambre y la pobreza en el mundo -actualmente en ascenso- nos enredamos en incomprensibles discusiones sobre si el que una joven musulmana lleve voluntariamente un pañuelo en la cabeza es sólo un símbolo inocente de su fe o atenta contra no sé qué dignidades postmodernas.
Declaración Universal de los Derechos Humanos, Artículo 18.1:
Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de tener o de adoptar la religión o las creencias de su elección, así como la libertad de manifestar su religión o sus creencias, individual o colectivamente, tanto en público como en privado, mediante el culto, la celebración de los ritos, las prácticas y la enseñanza.
Afortunadamente, creo. Porque no cabe más sinrazón y ganas de generar polémicas inútiles e innecesarias que en este episodio protagonizado por la que es delegada de Cultura y portavoz del Ayuntamiento de Sevilla y ha sido Secretaria del Área de Políticas de Igualdad en la Comisión Ejecutiva Federal del PSOE.
Según relata El Correo de Andalucía, Maribel Montaño fue invitada a formar parte de la Cabalgata de Reyes de su pueblo natal, Carmona, representando el papel del rey Gaspar. Una invitación que se mostró dispuesta a aceptar, pero con una condición: haría de Rey Mago, pero sin barba.
Tanto dentro de la Junta Directiva de la Peña Giraldilla, que organiza la cabalgata, como entre los ciudadanos de Carmona surgieron voces en contra de esa posibilidad de una “reina maga” sin barba, lo que ha llevado finalmente a la concejala a renunciar a su participación.
Hasta aquí los hechos escuetos. Vamos ahora con la sucesión de sinrazones.
En primer lugar, resulta increíble que ni los invitantes ni la invitada previeran la aparición de la polémica o hasta se extrañen ante ella. Por más que ya se fundan en la Navidad lo religioso y lo puramente festivo, lo primero sigue siendo importante y guarda su sentido para mucha gente, que tiene pleno derecho a celebrar sus ritos sin alteraciones sustanciales impuestas caprichosamente por terceros.
Y el carácter de “laica” de la Peña organizadora, que resalta su presidente, no le da derecho a experimentar con esos ritos contra la voluntad de esa gente. Como tampoco lo tiene la concejala, que no parece haber actuado con muy buen juicio en este caso.
Aparte de que ya son ganas de volver locos a los niños que acudirán a la cabalgata esperando ver a un Gaspar barbudo. O de obligar a sus padres a intentar explicarles por qué el rey Gaspar parece este año una señora.
Pero más allá de esto sorprende que quieran presentar el que la concejala hiciera de rey sin barba como un asunto de igualdad.
Primero Maribel Montaño, que al parecer manifiesta en su carta de renuncia que la condición de aparecer sin barba, aparte de advertida por ella desde un principio, es algo que considera “importante”.
¿Cambiaría en algo su aparición como rey sin barba la situación de desigualdad que todavía sufren muchas mujeres? ¿O aportaría algo positivo si acaso, aunque sólo fuera simbólicamente, a la lucha por la igualdad? Cuesta creerlo. Y cuesta creer que ella misma se lo crea.
Después, el presidente de la Peña, para quien el que en la cabalgata participara una mujer hubiera supuesto “un avance muy importante, además de algo tan normal en la situación actual que no podemos entender que haya gente en contra”.
A ver, un avance importante en temas de igualdad, por poner un ejemplo reciente, es que una mujer llegue a teniente coronel del ejército español. El que en una representación interprete el papel de una figura masculina tradicionalmente con barba, como Gaspar, pero sin barba y dejando clara constancia de que es mujer, más que un avance es… una chorrada.
Y lo es hasta en la situación actual que tanto confunde al presidente de la Peña. Y a mí, que no sé muy bien si esa situación a la que se refiere implica que tengamos que aceptar con naturalidad que un señor calvo y con bigote asegure llamarse Bernarda Alba en el escenario de un teatro o se muestre felícisimo por su designación como fallera mayor.
Una cosa es que se exija que hombre y mujer compartan derechos y oportunidades en igualdad -que es lo natural y deseable- y otra muy distinta -y pelín ridicula- que esa reivindicación se extrapole a esta kafkiana situación a cuenta de la barba de un Rey Mago.
Son abundantes las pruebas que a diario nos confirman que mucha gente está confundiendo el tema de la igualdad con algo que nada tiene que ver con ella. Hay aspectos realmente serios e importantes de ese asunto que son los que deberían estar resolviéndose y que se mantienen más o menos ocultos e inalterados tras tanta folclórica pamplina.
Pero de entre toda esa suerte de ocurrencias populistas que son a la igualdad lo que la zanahoria al burro, he de reconocer que ésta del imberbe rey Gaspar -o de la imberbe reina Gaspar, que ya no sé bien- se lleva la palma.
Eso augura The Ambient Life, esta animación infográfica de Martijn Hogenkamp que muestra un futuro en que la información regiría en nuestra vida cotidiana, acompañando cada uno de nuestros actos.
Como para empezar a tenerle miedo a los datos, vamos.
Y de entre los diferentes testimonios se me quedó grabado especialmente el de la indígena kankuama Delma Chaparro, de la Sierra Nevada de Santa Marta. Ella, que camina a diario ocho kilómetros para llevar al colegio a unos hijos que hubieron de presenciar cómo los paramilitares asesinaban a su marido, se hace la pregunta que nadie quiere responder:
Todos, casi la mayoría, es raro el que no diga a mí me mataron un hermano, un primo, un tío, una mamá, un abuelo, un hijo… Casi la mayoría.
¿Por qué? No sé.
Ese “por qué”, y su propia respuesta, son como un brote de razón en mitad de una tragedia alimentada por una sinrazón que no se entiende sin la pasividad o incluso la connivencia del poder político.
La parte más polémica -aunque también discusión de moda- es la que afecta al futuro inmediato, tan sólo 5 o 10 años más adelante. Para ese tiempo dan por desaparecidos, o radicalmente transformados, lo que conocemos como medios tradicionales -los periódicos, la televisión, la radio.
Pero, ¿realmente será así? Y lo que casi nunca nos preguntamos, ¿dónde?
Inundaciones en Pakistán y periodismo ciudadano Al igual que ha sucedido frente a otros desastres naturales, el periodismo ciudadano ha contribuido a canalizar la información y ayuda frente a las devastadoras inundaciones en Pakistán.
Desde PBS/IdeaLab nos hablan de SeenReport, un sitio dedicado...
WinkBall: Periodismo ciudadano desde el Reino Unido El Carnaval de Notting Hill ha movilizado a un aluvión de periodistas ciudadanos con el objetivo de capturar el espíritu del evento y mostrarlo a través de 20.000 vídeos o “guiños”, de apenas unos segundos, que puedes ver en la web d...
Periodismo ciudadano desde los suburbios de la India El periodismo ciudadano está mostrando su capacidad para empoderar a la ciudadanía y ayudar a luchar contra la pobreza y la exclusión en lugares como la India. El International Media Institute of India, ha decidido emprender un curso de formaci...
Invisible People lucha contra la indigencia en las redes sociales Desde su puesta en marcha en en octubre de 2008, en PC hemos destacado el estupendo trabajo de Invisible People, (Gente Invisible), un vídeo-blog que trata de dar visibilidad a las personas sin hogar en la ciudad de Los Ángeles. Su creador Mark Hor...