21 de Marzo de 2007

No podemos decir que nos pille de sorpresa. A las respectivas preguntas sobre su opinión en relación con las declaraciones de algunos miembros de su partido, en las que reconocen que el apoyo del Gobierno de Aznar a la invasión de Irak fue un error, Zaplana y Acebes sólo han podido responder haciendo gala de su habitual cinismo.
El uno con carcajada incluida, como si la muerte de cientos de miles de personas fuera cosa de risa. Un cinismo cruel. El otro, intentando tergiversar la realidad entre balbuceos, en su línea habitual. Un cinismo desalmado.
Los dos mintiendo, algo en lo que son ya unos expertos. Y pretendiendo, como estrategia de partido, hacernos ver que la guerra de Irak es un asunto del pasado. Que ya hay que tener poca verguenza, cuando a diario nos siguen llegando noticias de más y más muertes.
Lo de pretender ahora disculpar su error atacando por enésima vez al PSOE como recurso de defensa, intentando hacer ver que la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU de junio de 2004, en la que se exhortaba a los Estados miembros a enviar tropas para la pacificación y estabilización de Irak, justifica la anterior presencia de tropas españolas en Irak, es sencillamente patético.
Quizá se les haya olvidado que la invasión que Aznar apoyó se realizó contra la opinión de la ONU y despreciando la legalidad internacional. Por eso, en lugar de tanto escapismo barato con argumentos para necios, el PP debe a los españoles una disculpa por tan grave y fatídico error. Cuando menos.
De Aznar, ese mesías trasnochado y corresponsable de la tragedia que asola Irak, mejor ni hablar. Sus palabras cada vez importan menos a más gente. Y así seguirá siendo, probablemente, hasta que su voz desaparezca en el desierto de su fanfarronería.
De lo contrario, ya podremos decir que el mundo se ha vuelto definitivamente loco.
Tags: Aznar, demagogia, guerra, Irak, PP
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16 de Febrero de 2007
Parece ser que en Washington ya van descubriendo que José María Aznar es hombre de principios sólidos y de largo alcance: en principio él, después él y en último término también él. Por principio.
Hace ya tiempo escuché a un periodista relatar en televisión un episodio curioso, que incluía en un libro con anécdotas recopiladas mientras cubría los viajes al exterior de diferentes mandatarios españoles.
Aznar, flamante presidente en su primera legislatura, se hallaba de visita oficial en Alemania y el canciller Kohl, entre otros agasajos, le llevó a una afamada cervecería para invitarle a degustar una de sus marcas de cerveza favoritas. Pero nuestro presidente, ante el asombro de propios y extraños, según relataba el periodista, rechazó la invitación, arguyendo que a él no le gustaba la cerveza, que prefería el vino. Así lo contaba aquel periodista, aunque en Berlinsur leo lo que no sé si es otra versión de la misma situación o un encuentro diferente.
En cualquier caso, si Carol Joynt, la propietaria del restaurante Nathans, se hubiera documentado un poco sobre el carácter caprichoso y egocéntrico de quien hace unos días debiera haber sido el invitado principal en una de sus famosas comidas-coloquio, la decisión de éste de cancelar repentinamente su asistencia no le habría causado tanta sorpresa y trastornos:
“The last-minute decision by Jose Maria Aznar left restaurant owner Carol Joynt scrambling yesterday to wave off 80 paying guests — and to get rid of all the paella Nathans had made.”
“No Aznar, but Plenty of Paella at Nathans”, The Washington Post.
La razón para la cancelación era la asistencia a la comida de periodistas españoles que, indudablemente, preguntarían al ex presidente por el envío de policías españoles a la prisión de Guantánamo durante su mandato. Cuestiones a las que, por lo visto, prefería no tener que responder. Aunque, fiel a otras dos de sus más arraigadas costumbres, la mentira y el insulto gratuito, negó por boca de su ayudante Rafael Bardají que fuera tal el motivo de su decisión.
No asistió, quiere hacernos creer, porque se sintió engañado sobre la verdadera naturaleza del evento. En otras palabras, porque consideraba que le habían querido hacer caer en una encerrona. Excusa tan increíble como vana, casi pueril, con la que, además de dejarla colgada con 80 invitados que habían pagado por comer con él y la correspondiente paella para todos ellos, ofende sin necesidad ni sentido a su anfitriona.
Aquí no hubiera pillado de susto la rabieta. Ni nos extraña esta muestra, otra más, de las incongruencias internas del Partido Popular. Mientras Rajoy y Acebes se hacen los los locos sobre el asunto, afirmando no saber nada, y Arístegui asegura que los policias fueron en misión diplomática, para “devolver sus derechos y libertades fundamentales” a los presos de nacionalidad española, Aznar se esconde a la sola sospecha de que periodistas españoles le puedan preguntar sobre ese tema.
Si la misión de los policías españoles era tan legal, tan democrática y tan loable, ¿por qué hemos tenido que esperar años para conocerla como la revelación de algo que parecía ser mantenido en secreto? Y una vez conocida, ¿por qué los dirigentes populares dicen no saber nada o se niegan a enfrentarse a las preguntas de los periodistas? Y ya que Arístegui afirma haberse enterado ahora también, a través de fuentes diplomáticas, ¿desde cuándo la diplomacia de un país democrático actúa a espaldas de su gobierno?
Pero, sobre todo, ¿sirve la excusa de que ellos, como gobierno, no sabían nada de lo que estaba pasando? ¿No representaría eso la torpeza, la incapacidad, la irresponsabilidad que tanto argumentan para descalificar a otros? ¿Nos están diciendo que mientras gobernaban no tenían ningún control sobre asuntos tan delicados como ése?
Por más que se esfuercen, cuesta mucho creerles. Y resulta triste ver a gente de valía procurando hacer pasar por buenas las justificaciones más burdas e intentando, por enésima vez, pasar al contrincante político la responsabilidad de sus propios errores. Igual cualquier día de éstos nos salen con que Carol Joynt estaba comprada por el PSOE y por eso le quería tender la trampa a Aznar. Cosas más inverosímiles nos intentan colar a diario.
Aunque creo que lo de Aznar ya no tiene solución. Está tan acostumbrado a mentir que el hacerlo debe parecerle cosa rutinaria. Quizá hasta necesaria, quién sabe, que cada cual tiene sus propias adicciones.
Hasta que en Washington se vayan dando cuenta. Y parece que ya han comenzado a sospechar algo.
Tags: Aznar, demagogia, derechos humanos, EE.UU., Guantánamo, PP
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