Eso es, para Mariano Rajoy, que así lo declaraba con cara de no haber roto nunca un plato y expresión de mártir sufrido y descorazonado, lo único que representa este vídeo. Es, según él, la única respuesta que ha sabido dar el gobierno español a ese clamor de la ciudadanía, a esos “cientos y cientos de miles de españoles que representaban a millones” que salieron el otro día a la calle para exigir el fin de esa apuesta por la paz que ellos prefieren llamar rendición. Una respuesta que no es mas que “una bofetada a un partido político con un vídeo”. Una pataleta infantil, vamos.
En realidad, sus declaraciones sólo vienen a confirmar, una vez más, la desfachatez y el patetismo de unos dirigentes del principal partido de la oposición que en cualquier otra democracia o partido hubieron hecho mutis por el foro después de un descalabro electoral como el que sufrieron, sólo debido a su prepotencia y torpeza.
Pero en el PP las cosas no parecen funcionar así. Debe ser uno de los pocos partidos políticos, si es que hay alguno más, en el que los responsables directos de una sonada derrota electoral, salpicada además de verguenza, son premiados con la permanencia en los cargos ejecutivos en lugar de ser reemplazados por personas más capaces y sensatas. Y aplaudidos ciega y obedientemente, en lugar de democráticamente analizada la conveniencia de tan destructiva empresa, por mantener con tozudez cerril una vengativa cruzada que les termine no ya redimiendo -que los culpables siempre han sido y serán los otros, nunca ellos- sino recolocando en ése que parecen tener por su espacio natural, el Poder. Un lugar para el que deben sentirse predestinados, a juzgar por la distancia desde la que miran a los otros -ellos en las alturas, por supuesto- y la clarividencia con que vislumbran el error ajeno aún antes de que éste se haya producido.
Dificil se hace, oyéndoles hablar, comprender cómo no usaron antes, cuando podían, esa capacidad innata y cuasi sobrehumana de encontrar soluciones precisas y definitivas para cualquier problema. Aunque esto, en realidad, sólo se intuye. Lo que se dice soluciones tampoco proponen muchas. Pero niegan con tanta pasión la conveniencia o la validez de las propuestas por otros y prejuzgan las aviesas intenciones de éstos con tan profética mirada y solemne oratoria que uno tiende a pensar, sin más remedio, que de serles concedida la gracia de volver a liderar los destinos de España pasaríamos a ser de la noche a la mañana, como por encanto, una nación feliz, sin rastro de problema alguno.
Mientras tanto, la que pierde es, precisamente, España, que ha de contemplar a diario cómo un puñado de resentidos incapaces de asumir sus propias responsabilidades juegan con nuestros problemas -alguno de ellos tan grave como el terrorismo- con la mirada puesta en algún punto muy alejado del bien común y aún atreviendose a poner a los españoles como escudo cuando hacia ellos se dirige alguna justa y merecida crítica.
Si hace poco demostraron por enésima vez su íntima condición de tramposos, en un vídeo en el que quisieron hacer pasar imágenes de disturbios ocurridos en la época del gobierno Aznar como si se hubieran dado bajo el mandato del actual gobierno socialista, su cínica respuesta a la edición de este vídeo del PSOE, que nada inventa y sólo reproduce sus propios hechos y manifestaciones pasadas, es otra prueba más de lo que nadie debería ya dudar: lo que más preocupa y molesta a los dirigentes del PP es que les descubran las verguenzas. Porque las verguenzas, según ellos, sólo las tienen los otros. Y sólo ellos, por tanto, están legitimados para pontificar sobre el bien y el mal.
Estoy con Alfonso Gil -y con muchos otros que no gritan de manera desaforada, pero sienten, piensan e incluso padecen-. Va siendo ya hora de levantar la voz, contenida por prudencia y responsabilidad, para decir bien claro «En mi nombre, SÍ».
En el vídeo, que relata un incidente acaecido durante la campaña a la elecciones presidenciales en Ecuador -de las que el candidato izquierdista Rafael Correase ha declarado vencedor-, un nada tibio comentarista arremete no sólo contra el candidato de la derecha, Álvaro Noboa, sino también contra el apoyo implícito a éste, y la beligerancia explícita contra el representante de la izquierda, que muestra la jerarquía católica de aquel país.
Según se deduce de las palabras del comentarista, esa jerarquía debió salir al paso de algunas declaraciones de Correa en las que sacara a relucir ese “humanismo cristiano de izquierdas” qué él mismo confiesa profesar. No haría mucha gracia a la Iglesia ecuatoriana que Cristo apareciera en boca de un candidato que no es el suyo, y se apresuraron a pedir que no se mezclara a Dios con los asuntos terrenales. Sin embargo, como reprocha el comentarista, nada objetan esos jerifaltes eclesiásticos cuando el que usa la parafernalia católica para conseguir votos es el candidato de la derecha. Ante eso callan y conceden.
He recordado este vídeo y lo he traído aquí después de leer un post de Diego Cruz en el que habla sobre la Conferencia Episcopal y una nueva Instrucción Pastoral en la que andan trabajando: “Orientaciones morales ante la situación actual de España”.
Como dice el mismo Diego, no es precisamente la jerarquía católica, tanto por su trayectoria histórica como por sus posiciones actuales ante muchas cuestiones y en muchos lugares, la más adecuada para ir dando lecciones de moralidad. El caso de Ecuador que aquí aparece es sólo un pequeño ejemplo de cómo la Iglesia Católica -su jerarquía, que esto quede claro, pues no todo son sombras entre las gentes de la Iglesia- sigue actuando hoy en día movida por la defensa de intereses que nada tienen que ver con Dios, la fe o la moralidad, y sí mucho con el poder terrenal, las más bajas ambiciones humanas o el místico e inmoral encubrimiento de esa injusticia que siempre castiga a las gentes más humildes.
Con todo, lo que más me sigue sorprendiendo, en el caso de los obispos españoles, es la interpretación que del laicismo parecen querer transmitir, como si la lógica separación entre el Estado y las diferentes organizaciones o confesiones religiosas con que se identifiquen de manera particular los ciudadanos representara una amenaza de dimensiones apocalípticas.
La cosa tiene su fondo, oscuro, en el que subyace la idea de una única religión posible y de sus representantes como exclusivos guías del proceder moral individual y colectivo. No es ya que manifiesten la creencia de que su fe es la verdadera, es natural que así lo sientan. Ni tampoco que pretendan que los otros compartan ese fervor, es lógico si sus convicciones son sinceras. Se trata de algo más perverso, menos espiritual. De amenazar con grandes males irremediables señalando con el dedo a los responsables de ese posible futuro tenebroso. Y de hacerlo, que es lo más grave, con la única intención de obtener beneficios más terrenales que de otro orden.
En otro tiempo fueron las otras religiones, o el comunismo, o la masonería… La Iglesia Católica va cambiando el enemigo, la amenaza, adaptándose a la sociedad y el tiempo en el que vive, pero manteniendo viva esa idea profunda de que sólo en su poder se encuentran las claves de lo justo, lo verdadero, lo necesario.
Mientras tanto, y ahí reside su mayor delito, no encuentran reparos en enfrentar a unas gentes contra otras, los buenos contra los malos, los creyentes contra los impíos, los que siguen pensando que esa Iglesia Católica debe ser privilegiada por el Estado, cuando no tratada aún como si fuera la oficial, y los que mantienen que debe existir esa separación entre ambos estamentos que el laicismo promulga.
Seguramente coincidiría con los obispos en que hay una cierta crisis de valores que enturbia la convivencia en nuestras sociedades occidentales. Pero no creo que estuviéramos ya de acuerdo al señalar los posibles orígenes y vías de solución de esa crisis. En mi concepción del asunto ellos no son el remedio, son parte del problema. Lo es su actitud intransingente, su manipulación interesada de la realidad -léase COPE, por ejemplo-, su indisimulada soberbia… En definitiva, esa triste y negra imagen que del cristianismo ofrecen.
Es su prepotencia, y no el laicismo, lo que aleja a la gente de todo lo bueno que propone y enseña esa fe que dicen representar.
Dice Mariano Rajoy, como ya ha dicho otras veces y repiten otros mandos de su partido, que no existe ese “conflicto” al que siempre se ha referido el entorno etarra y en el que ahora el gobierno de Zapatero pretende involucrar al Parlamento Europeo, con lo que vendría a colaborar en la consecución de uno de los objetivos perseguidos por los terroristas, la internacionalización de ese supuesto conflicto. El pecado, más allá de la manera de abordar el problema que cada cual defienda, estaría en aceptar el discurso etarra:
“Rajoy insistió en que el PP no aceptará nunca «lo que siempre ha pretendido ETA y nunca aceptó ningún Gobierno de España –ni Suárez ni Calvo Sotelo ni Felipe González ni José María Aznar– que es eso que se llama la internacionalización del conflicto».”
Lleva razón Rajoy en que ha sido una constante de la democracia española el no reproducir los términos ni los conceptos utilizados por los etarras para presentar o intentar justificar su violencia. Así sigue siendo, pese a lo que se se quiera afirmar en esa ceremonia de la confusión que pretende hacer pasar por rendición ante los etarras lo que es la búsqueda de vías hacia la paz. Y así debe ser, pues es táctica común del terrorismo en general, no sólo del etarra, magnificar el alcance y la extensión de los problemas tras los que escudan su opción por la violencia y el terror. Si es que existían tales problemas con anterioridad a los que el propio terrorismo genera.
Aceptada esta premisa general, aplicable al terrorismo de cualquier origen, no se entiende muy bien cómo aquellos mismos que jamás emplearían la terminología etarra (políticos, medios de comunicación, líderes sociales…) no encuentran reparos en reproducir ciertos términos que en el discurso del terrorismo de origen islamista radical han sido despojados de su significación original para dotarlos de un sentido más conveniente a los objetivos de los terroristas. Quizá el más conocido de estos términos sea yihad, traducido generalmente como “guerra santa”, sin más matices, trasladando una visión del Islam en su conjunto, de todos los musulmanes, que beneficia a la causa de ese terrorismo radical islamista.
Si no existe el “conflicto vasco” del que hablan los etarras, tampoco existe ese otro conflicto que llamaría al falso “yihad” que proclama Osama Bin Laden. Por no existir, ni siquiera existe el islamismo. Si en el caso vasco no hacemos el juego a los terroristas, ¿qué intereses recomiendan que se lo hagamos a los islamistas radicales?
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