Liderada por la ANSWER Coalition, al gobierno de Obama le ha surgido ya una Marcha hacia el Pentágono por la retirada de las tropas estadounidenses de Irak y Afganistán y el fin del apoyo al gobierno de Israel en sus acciones militares contra el pueblo palestino.
Probablemente Obama ya lo sepa, pero de no ser así lo aprenderá pronto. Los principales críticos y vigilantes con su gestión se encontrarán entre quienes le apoyaron y votaron para ser ahora presidente.
Como suele ocurrir con los conflictos que perduran en el tiempo sin que pueda vislumbrarse su final, las noticias que a diario nos llegan de Irak son poco más que partes breves dando cuenta del número de muertos que se ha cobrado el último atentado o el enésimo altercado militar. La muerte ya es rutina que no nos sobresalta, y la impasibilidad con que recibimos esas noticias pareciera dar la razón a quienes siempre han pretendido negar la realidad y sustituirla por su interesada e idílica visión de ese drama que no cesa.
Pero esa realidad existe y persiste, le pese a quien le pese, truncando vidas y esperanzas a diario. Como en el caso de los iraquíes refugiados y exiliados a causa de esta última guerra que desde hace años asola su país.
Muchos de ellos huyeron entre los años 2003 y 2007 a países vecinos como Siria y Jordania, familias que en su exilio debían dejar en Irak a parte de sus miembros para asegurarse unos ingresos con los que subsistir. La razón de esas separaciones familiares es que los iraquíes no están autorizados a trabajar en esos países, a los que sólo se les permite entrar con visa de turista.
Desgraciadamente, algunos de esos padres y hermanos que quedaban atrás han sido asesinados, secuestrados o detenidos, y sus familias se han visto obligadas a elegir entre regresar a Irak, porque económicamente no pueden permitirse seguir viviendo en Siria o Jordania, o permanecer en esos países intentando subsistir de alguna manera.
De entre las familias que elegían la segunda opción, las más afortunadas lograban encontrar en su nuevo país algún trabajo, aunque realizado de manera ilegal, que les ha permitido una mínima subsistencia. Pero otros, sin tanta suerte, se vieron obligados a aceptar puestos de trabajo que no cubren todos sus gastos o dedicarse a actividades como el tráfico de drogas o la prostitución.
Las mujeres que se dedicaban a la prostitución, algunas menores de 16 años, se encontraban además atenazadas por un doble temor. De una parte, el que sus familiares en Irak pudieran enterarse de su condición y perseguirlas por ello. De otra, el que las autoridades de sus países de residencia pudieran deportarlas. Algunas de ellas terminaron optando por el suicidio, una solución que otras muchas empezaron a considerar como vía de escape de sus problemas.
En Damasco, los ingresos por su actividad como prostitutas tampoco les reportan un sueldo digno, en muchos casos apenas ganan para alimentarse. Pero también ha habido mujeres que han sido asesinadas tras su regreso a Irak. La prostitución es, para grupos como el Ejército Islámico, un grave pecado que ha de ser castigado con la muerte.
El panorama que tienen ante sí los refugiados iraquíes es un destino imposible. Abocados al desempleo o a realizar esos trabajos denigrantes y mal pagados, sin acceso a servicios básicos como los de salud o educación y viviendo en condiciones insalubres muchas veces, sin ni siquiera disponer de agua potable, la esperanza es un lujo que no se pueden permitir. Pero la alternativa, el regreso a Irak, no es mejor solución. La persecución y la muerte campan a sus anchas.
Mientras tanto, un reciente anuncio del Pentágono habla de una venta de armas a Irak -tanques, aviones, helicópteros y vehículos blindados- por valor de unos 10.700 millones de dólares (6.885 millones de euros). Una operación, dicen, que “contribuirá a la política exterior y la seguridad nacional de EE.UU. porque ayudará a mejorar la seguridad de un país amigo”.
Los que desprecian el valor de las vidas de las víctimas inocentes siempre dirán que las armas son la solución.
Aunque resulta difícil conocer las cifras reales, que varían según la fuente, el Ministerio para Asuntos de la Mujer de Irak estima que unas 70.000 mujeres han enviudado, sólo en la capital, como consecuencia de la última guerra en la que sigue envuelto su país.
Se cuentan entre esa multitud de víctimas civiles que toda guerra causa y que no son recordadas en ningún acto memorial.
Nadie da duros a peseta, decíamos por aquí hasta que el euro se instaló en nuestras vidas. Quizá por eso el Congreso de EE.UU. ha condicionado su apoyo a un nuevo remanente de fondos para la guerra de Irak a la aprobación en ese país de una ley para el petróleo que viene a reforzar las tesis de quienes siempre han visto en el control de los recursos petrolíferos iraquíes más fundamento como una de las motivaciones de esa guerra que en todo aquello de las armas de destrucción masiva, de librar a Irak y al mundo de un tirano o, bendita cruzada, de plantar allende el mundo supuestamente civilizado las banderas de la libertad, la democracia y demás pamplinas demagógicas.
El trasfondo de la ley propone dejar el control y explotación de la mayoría del petróleo iraquí en manos de empresas extranjeras y también incluir a éstas en un organismo de nueva creación, el Iraqi Federal Oil and Gas Council, que sería el encargado de tomar todas las decisiones relativas al petróleo en aquel país.
Si París bien pudo valer una misa, parece que el petróleo iraquí bien vale una guerra. Con todos sus muertos.
El pasado domingo 27, víspera de la celebración en EE.UU. del Memorial Day que recuerda a los militares caídos en acto de servicio, veteranos de la guerra de Irak pertenecientes a la sección neoyorquina de IVAW (Iraq Veterans Against the War) llevaron a cabo en las calles de esa ciudad la NYC Operation First Casualty, un simulacro de las operaciones militares que se desarrollan cotidianamente en el territorio de guerra iraquí.
Central Park, Times Square, Union Square y Grand Army Plaza fueron localizaciones en las que, vestidos con sus uniformes, simularon registros, detenciones, patrullas y controles. El objetivo perseguido es acercar a los estadounidenses a la realidad del día a día de sus soldados en Irak y animarles a actuar por el fin de esa guerra:
“By reenacting what we’ve been through in Iraq we hope to inspire more of our fellow Americans to act to end the war now.”
Una guerra que, recuerdan, ya en la mitad de su quinto año desde que se iniciara, se ha cobrado las vidas de cerca de 3.300 estadounidenses y 655.000 iraquíes.
Y en la que, quizá de manera más evidente que en otros conflictos, la primera víctima fue la verdad.
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