Con demasiada frecuencia oímos hablar del exceso de violencia en los vídeojuegos, y cuando éstos adoptan como escenario el de un conflicto militar el objetivo del juego suele ser matar y vencer.
PeaceMaker viene a romper con esa constante. Ambientado en el entorno del conflicto palestino-israelí, el jugador puede adoptar los papeles del primer ministro israelí o el presidente palestino para lograr alcanzar la paz en la región.
Dicen que se les ha impedido el acceso a Gaza por tierra y aire. Ya sólo les queda el mar. Y por ahí lo van a intentar:
Este verano - cuarenta años después de la toma y ocupación de Cisjordania y Gaza - civiles internacionales, palestinos e israelíes, irán a Gaza en barco para desafiar el control y el aislamiento por parte de Israel de los 1.400.000 palestinos que viven ahí. El objetivo del proyecto es despertar la conciencia de las naciones del mundo, que han dado la espalda a un pueblo cuyos derechos humanos, cuyo bienestar y cuya propia existencia están siendo sacrificados por intereses políticos.
Israel afirma que Gaza ya no está ocupada, sin embargo niega a los palestinos el acceso a sus trabajos, el viajar, las visitas, el comercio, la educación, la salud y la atención médica. Su ejército ha convertido Gaza en una prisión al aire libre controlada por tierra, mar y aire. Los palestinos viven al borde de una catástrofe humanitaria a consecuencia de las draconianas restricciones impuestas al acceso al mundo exterior. Tras cuarenta años de brutal ocupación israelí, es el momento de que Gaza sea libre.
Elegimos no esperar más a que Naciones Unidas haga cumplir sus resoluciones, a que el mundo cumpla con sus deberes humanitarios o a que Israel respete los derechos humanos garantizados por la Declaración Universal de Derechos Humanos o la Cuarta Convención de Ginebra. Decidimos actuar siguiendo estos derechos como personas libres y declaramos nuestra solidaridad con el pueblo palestino.
Resulta contraproducente, cuando no irónico -y en buena medida desalentador-, que en esta era del planeta económicamente mundializado no sólo se sigan poniendo cortapisas al tránsito humano sino que el control de ese tránsito se endurece e incluso se levantan barreras que lo imposibilitan.
Sean cuales sean las razones argumentadas para la construcción de esas barreras -ya la seguridad, ya la regulación de una inmigración descontrolada- siempre dejan en mal lugar a aquellos a quienes se quiere impedir el paso. El tener que levantar un muro que los contenga no habla muy bien de ellos.
Pero tampoco expresa bondades de quienes lo levantan. El anhelo de esos del otro lado, los que quieren traspasar la barrera, se alimenta de motivaciones -por lo común nada caprichosas- en cuya gestación tienen parte de responsabilidad quienes ahora quieren detenerlos.
Porque, aparte las particulares excusas argüidas por cada levantador de barreras, todas tienen algo en común: separan a los ricos de los pobres. Y para que los ricos sigan siendo ricos -o lleguen a serlo aún más- los pobres han de estar donde ellos digan. Y no, como pretenden éstos últimos, donde libremente quieran ir.
Aunque nacida en Ohio, Rachel Papo vivió en Israel y allí ingresó en la Fuerza Aérea a los 18 años para cumplir con el servicio militar obligatorio. Según sus propias palabras, ése fue un período de su vida de soledad y depresión, a una edad en la que es difícil comprender las razones por las que has de abandonar tu entorno habitual y trasladarte al ambiente rígido y predominantemente masculino del ejército.
Aquella experiencia le inspiró el proyecto Serial No. 3817131, una colección de fotografías sobre la vida cotidiana de las mujeres que sirven en el ejercito israelí. Un refuerzo gráfico a sus reflexiones sobre esa situación:
The life of an eighteen-year-old girl in Israel is interrupted when she is plucked out of her environment at an age when sexual, educational, and family values are at their highest exploration point. She is then placed in a rigorous institution, where individuality becomes a secondary matter, making room for nationalism. “I solemnly swear…to devote all of my strength and to sacrifice my life to protect the land and the liberty of Israel,” repeats the newly recruited soldier during her swearing-in ceremony. She enters the two-year period in which she will change from a girl to a woman, a teenager to an adult, all under a militaristic, masculine environment, and in the confines of an army that is engaged in daily war and conflict.
Tendría que existir una ley internacional que prohibiera el reclutamiento forzoso para el servicio militar. Y que el sacrificio de la propia vida por la patria, la libertad universal y todas esas mandangas lo hicieran los que promueven y secundan las guerras, ellos solitos. O los que tienen espíritu mercenario y guerrero, que contra toda razón y lógica también los hay.
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