Hay que decirlo en lenguaje llano y coloquial. Benjamin Netanyahu es un cachondo mental.
Y un gran actor. Hay que serlo, y mucho, para soltar un monólogo digno del mejor de los cómicos y hacerlo pasar por trascendente discurso político sin que nadie haya advertido aún que sólo estaba bromeando, quedándose con todo el mundo.
Ni siquiera el inigualable Groucho Marx, maestro del absurdo, podría haber urdido esa hilarante trama en la que unos colonizadores conceden graciosamente a los autóctonos invadidos la oportunidad de crear su propio Estado sin Estado, que no se parecerá en nada a un Estado pero al que podrán llamar Estado para nunca más poder decir que no tienen un Estado. Genial.
Lo que el líder israelí proponía en su discurso de ayer a los palestinos es que acepten vivir en una situación de apartheid de hecho pero haciéndose la ilusión de que tienen un Estado propio y soberano. Vamos, algo así como si a los internados en un campo de concentración les quisieran hacer ver que están viviendo en un cómodo complejo residencial.
Lo que digo. Tiene que ser una broma de Benjamin, tan cachondo él.
Una viandante pasea descuidadamente tirando de un carrito de la compra. A su paso, las radios y transistores sufren interferencias en la recepción de las emisoras respectivamente sintonizadas y captan una emisión desconocida que es imposible perder por más que se recorra el dial de los aparatos.
Los oyentes afectados por esa inesperada e inevitable intromisión en sus escuchas se sienten confundidos por el extraño fenómeno. Y no es menor su sorpresa ante las informaciones que retransmite esa emisión intrusa.
No pueden sospechar que la fuente de emisión de esos mensajes se esconde en el carro que arrastra esa viandante cercana a ellos.
O sí, si es que conocían Radio Free Jaffa, en cuya web se había anunciado de antemano esta acción.
Liderada por la ANSWER Coalition, al gobierno de Obama le ha surgido ya una Marcha hacia el Pentágono por la retirada de las tropas estadounidenses de Irak y Afganistán y el fin del apoyo al gobierno de Israel en sus acciones militares contra el pueblo palestino.
Probablemente Obama ya lo sepa, pero de no ser así lo aprenderá pronto. Los principales críticos y vigilantes con su gestión se encontrarán entre quienes le apoyaron y votaron para ser ahora presidente.
Que para descalificar a quienes mostraban su desacuerdo con la actuación militar estadounidense en Irak a Aznar sólo se le ocurriera utilizar el aburrido tópico del antiamericanismo -que ya debe dar trabajo estar en contra de todo un continente- es hasta comprensible. Sin argumentos racionales posibles sólo queda la opción de la demagogia, y si ésta es burda y poco elaborada se corre el riesgo de decir tonterías. Aunque en esto, como ha demostrado en repetidas ocasiones, tampoco le duelen prendas a nuestro ex-presidente.
Lo malo de ese tipo de alegaciones, tan gratuitas como engañosas y malintencionadas, es que desprecian la capacidad intelectual y de discernimiento del público al que van dirigidas -una tontería contada a un auditorio de supuestos tontos-, algo que en el caso de los responsables políticos elegidos democráticamente o los medios de comunicación, en teoría vigilantes del buen obrar de esos políticos, adquiere una especial gravedad.
Ahora, con el foco de atención de la información internacional dirigido hacia el conflicto en Gaza, la maquinaria de propaganda del estado israelí, que no ha permitido el acceso de los periodistas al terreno de operaciones de su ejército, se afana en rescatar otro tópico recurrente y poner a sus peones -como Aznar lo fue de Bush- a repetirlo incesantemente, en un vergonzoso intento de acallar con falsas acusaciones injuriosas la legítima crítica a su actuación.
Según esos voceros, cualquiera que no apoye la masacre que el ejército israelí está llevando a cabo en Gaza se convierte automáticamente en antisemita, enemigo de toda la raza hebrea. Una tontería, sí. Pero una tontería dañina.
Por eso asusta, o debiera hacerlo, que en un artículo del Wall Street Journal, por más que sea de opinión, el título aluda a un generalizado odio a los judíos instalado en Europa: “Europe Reimports Jew Hatred”.
Lo tendencioso del artículo se adivina sin necesidad de leerlo, con la simple visión de la imagen elegida para ilustrar el texto. En ella, sentados frente a frente, conversando, Adolf Hitler y Hajj Muhammad Amin al-Husseini, líder palestino de la época y reconocido antisemita.
El círculo está cerrado. O apoyas los ataques de Israel o además de antisemita eres pro-nazi. Y si además eres español, tu aversión a todo lo judío es inevitable. Es un pecado nacional:
Un informe del Pew Center en septiembre muestra que el 25% de los alemanes y el 20% de los franceses están aún afectados por este virus (el antisemitismo). En España, un 46% tiene opiniones desfavorables de los judíos. ¿No existe realmente una conexión entre esta estadística y el hecho de que los medios de comunicación y el gobierno españoles estén dentro de Europa entre los más hostiles con el estado Judío? ¿Es sólo una coincidencia que la mayor manifestación anti-israelí tuviera lugar el domingo en España, con más de 100.000 manifestantes?
Poco ayudan panfletos incendiarios como este artículo a la causa israelí que pretende defender. Y poco o nada, también, a la credibilidad del diario donde se publica. La opinión tiene un límite, el del rigor y la seriedad con que se traten los argumentos que se manejen. Manipularlos o pervertirlos no es opinar, es otra cosa.
No encuentro mejor respuesta al fanático libelo de Daniel Schwammenthal que el atinado editorial de Iñaki Gabilondo de hace unos días:
Ya desde el inicio de los bombardeos sobre Gaza surgieron voces pidiendo a la comunidad internacional la adopción de medidas sancionadoras contra el estado de Israel. A esas voces se unía hace unos días la de Naomi Klein, que desde un artículo en The Guardian opina que la situación ha llegado a un punto en que esas sanciones son ya necesarias.
Poniendo como ejemplo el movimiento internacional que condujo al fin del apartheid en Sudáfrica, Klein cree que las sanciones económicas son la forma no violenta más efectiva para conseguir reconducir la situación, y dentro del propio artículo contesta a las posibles razones que desaconsejarían el boicot.
Con demasiada frecuencia oímos hablar del exceso de violencia en los vídeojuegos, y cuando éstos adoptan como escenario el de un conflicto militar el objetivo del juego suele ser matar y vencer.
PeaceMaker viene a romper con esa constante. Ambientado en el entorno del conflicto palestino-israelí, el jugador puede adoptar los papeles del primer ministro israelí o el presidente palestino para lograr alcanzar la paz en la región.
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