El medio probatorio ha sido el vídeo que aquí se reproduce, del que se pretende extraer que las novias en dicha ceremonia eran niñas, incluso impúberes. Algo incierto, pero profusa e interesadamente difundido por la Red, con el acompañamiento de multitud de comentarios en los que el anti-islamismo se desahoga sin freno ni pudor.
La realidad, al parecer, es que las niñas sólo eran familiares de los contrayentes que asistían a la ceremonia, vestidas como las novias siguiendo una tradición presente también en algunas culturas asiáticas, y no, como la propaganda antipalestina se ha apresurado en propagar, pobres menores obligadas a casarse con musulmanes adultos pederastas y violadores.
No es ya que lo diga Hamás, que ha respondido a esas acusaciones, sino que es el propio realizador del vídeo utilizado como arma de propaganda quien desmiente lo difundido:
¡Ni por un momento pude imaginar que esas niñas serían después identificadas como las novias en la blogosfera! Qué ingenuo soy.
Quien reconoce así su ingenuidad es Tim Marshall, veterano corresponsal internacional de Sky News presente en la ceremonia, que en un artículo titulado “Islamofobia. ¿Ignorancia o Propaganda?” relata lo que realmente sucedió y confirma la falsedad de las acusaciones vertidas a partir de su grabación.
Asegura Marshall que ha dejado personalmente comentarios en muchos de esos blogs que difunden la falsa historia, intentando advertir del error cometido. Pero la mayoría de ellos han hecho caso omiso de su testimonio, manteniendo inalterada la versión propagandística.
Por el contrario, lo que sí ha recibido son multitud de contestaciones ofensivas a sus comentarios. De entre ellas, como buena muestra de la irracionalidad dominante en todo este asunto, destaca un comentario dejado en un post del blog de Debbie Schlussel -que titula directamente que Hamas casa a “450 niñas”-, en el que el comentarista le dice que no está interesado en “los detalles”.
Esos “detalles sin interés”, como señala Marshall, no son nada más ni nada menos que el mismo hecho de que las niñas no eran las novias en esa ceremonia, sino unas invitadas más. Lo que diferencia la verdad de la mentira.
Hamás no es una organización inocente, ni esa ceremonia un simple acto gozoso y festivo. Tiene su intención política clara. Pero difundir falsas informaciones que contienen acusaciones tan graves -extendiendo además la sospecha sobre todo el Islam- no parece que pueda servir de ayuda para solucionar un conflicto tan enquistado como el palestino-israelí. Si es que existe intención de encontrar soluciones, que ese es otro cantar.
Porque nunca podrá asentarse la razón donde se alienta el galope desbocado del fanatismo. Sea cual sea su origen.
Que para descalificar a quienes mostraban su desacuerdo con la actuación militar estadounidense en Irak a Aznar sólo se le ocurriera utilizar el aburrido tópico del antiamericanismo -que ya debe dar trabajo estar en contra de todo un continente- es hasta comprensible. Sin argumentos racionales posibles sólo queda la opción de la demagogia, y si ésta es burda y poco elaborada se corre el riesgo de decir tonterías. Aunque en esto, como ha demostrado en repetidas ocasiones, tampoco le duelen prendas a nuestro ex-presidente.
Lo malo de ese tipo de alegaciones, tan gratuitas como engañosas y malintencionadas, es que desprecian la capacidad intelectual y de discernimiento del público al que van dirigidas -una tontería contada a un auditorio de supuestos tontos-, algo que en el caso de los responsables políticos elegidos democráticamente o los medios de comunicación, en teoría vigilantes del buen obrar de esos políticos, adquiere una especial gravedad.
Ahora, con el foco de atención de la información internacional dirigido hacia el conflicto en Gaza, la maquinaria de propaganda del estado israelí, que no ha permitido el acceso de los periodistas al terreno de operaciones de su ejército, se afana en rescatar otro tópico recurrente y poner a sus peones -como Aznar lo fue de Bush- a repetirlo incesantemente, en un vergonzoso intento de acallar con falsas acusaciones injuriosas la legítima crítica a su actuación.
Según esos voceros, cualquiera que no apoye la masacre que el ejército israelí está llevando a cabo en Gaza se convierte automáticamente en antisemita, enemigo de toda la raza hebrea. Una tontería, sí. Pero una tontería dañina.
Por eso asusta, o debiera hacerlo, que en un artículo del Wall Street Journal, por más que sea de opinión, el título aluda a un generalizado odio a los judíos instalado en Europa: “Europe Reimports Jew Hatred”.
Lo tendencioso del artículo se adivina sin necesidad de leerlo, con la simple visión de la imagen elegida para ilustrar el texto. En ella, sentados frente a frente, conversando, Adolf Hitler y Hajj Muhammad Amin al-Husseini, líder palestino de la época y reconocido antisemita.
El círculo está cerrado. O apoyas los ataques de Israel o además de antisemita eres pro-nazi. Y si además eres español, tu aversión a todo lo judío es inevitable. Es un pecado nacional:
Un informe del Pew Center en septiembre muestra que el 25% de los alemanes y el 20% de los franceses están aún afectados por este virus (el antisemitismo). En España, un 46% tiene opiniones desfavorables de los judíos. ¿No existe realmente una conexión entre esta estadística y el hecho de que los medios de comunicación y el gobierno españoles estén dentro de Europa entre los más hostiles con el estado Judío? ¿Es sólo una coincidencia que la mayor manifestación anti-israelí tuviera lugar el domingo en España, con más de 100.000 manifestantes?
Poco ayudan panfletos incendiarios como este artículo a la causa israelí que pretende defender. Y poco o nada, también, a la credibilidad del diario donde se publica. La opinión tiene un límite, el del rigor y la seriedad con que se traten los argumentos que se manejen. Manipularlos o pervertirlos no es opinar, es otra cosa.
No encuentro mejor respuesta al fanático libelo de Daniel Schwammenthal que el atinado editorial de Iñaki Gabilondo de hace unos días:
Inspirado por un discurso pronunciado por el presidente Roosevelt, el pintor e ilustrador estadounidense Norman Rockwell creó en el verano de 1942 la serie de cuatro ilustraciones que se ven en la imagen superior, conocidas como “The Four Freedoms” (freedom from want, freedom from fear, freedom of speech y freedom of worship) y publicadas en The Saturday Evening Post el invierno siguiente.
Aunque de lo más destacado desde entonces de entre la producción artística de Rockwell, más allá del arte esas ilustraciones eran propaganda en tiempos de guerra. Y aprovechando esas obras y la tensión entre los conceptos de arte y propaganda, el museo Wolfsonian de la Florida International University encargó a 60 artistas y diseñadores una reinterpretación de esos carteles, que estará expuesta en ese museo desde el pasado 5 de julio hasta el 7 de diciembre de este año y se presenta bajo el nombre de Thoughts on Democracy.
No nos puede extrañar que desde los centros de poder, públicos o privados, se quiera controlar y supervisar la información que circula por Internet. La información es poder, ya se sabe. Y no sólo la que se posee, también la que se difunde. Por eso el que desde esos centros se pretenda alterar los contenidos de la Wikipedia tampoco es algo que nos venga a asustar.
La CIA o el Vaticano, entre otros, han sido pillados en ese juego de modificar entradas de acuerdo con sus particulares intereses. Y el vehículo para descubrir tal manipulación ha sido Wikipedia Scanner, una herramienta que permite identificar,a través de las direcciones IP, desde qué organizaciones se han realizado esas modificaciones.
He visto alguna referencia a esta noticia quizá demasiado entusiasta, como si el wikiscanner fuera a terminar con esas prácticas. Pero una vez descubierto el juego, si es que resulta tan útil como para seguir en él, tan sólo es cuestión de cambiar de ordenador, de salir de las oficinas de la organización en cuestión y conectarse en otro lugar que no pueda ser relacionado con ella.
Esta herramienta, pues, no podrá evitar por sí sola que se sigan editando ciertas entradas de manera interesada. Si desde el poder resulta productivo hacerlo, se seguirá haciendo.
Como en muchas otras cosas que suceden en el ámbito de la Red la solución sigue estando fuera de ella. Donde está la política real. Donde los ciudadanos deben vigilar las prácticas políticas y empresariales y luchar contra los abusos del poder.
Porque hay pequeñas cosas online que son sólo un síntoma de mayores males offline.
Desde el pasado 4 de julio se pueden contemplar en la galería Start Soma de San Francisco los más de 300 carteles de la exposición Propaganda III, tercera edición de esta recopilación de carteles con mensaje político realizados por artistas de todo el mundo.
Lo hablaba hace apenas un rato con David Plaza. Es un hecho noticiable, que en la medida de la seriedad con que se haga la propuesta y la intensidad del debate que pueda originar, cabría en las páginas de cualquier diario tradicional. Constituye noticia, sin duda.
Y aunque, como ya he dicho, el grado de interés que pueda despertar dependa en buena parte del alcance y recorrido de tal propuesta, tiene todos los ingredientes necesarios para ser una información destacable: sus protagonistas, dos personajes históricos del PSOE, partido que gobierna actualmente en España; el entorno, un PSM en evidente crisis interna y con una no menos clara necesidad de renovación; el momento, de profundo debate -también en los medios- después de los últimos resultados electorales; el interés social, pues este tipo de debates políticos también afectan de manera colectiva al futuro de la ciudadanía; el medio utilizado para lanzar la propuesta, un blog; el que además se haya hecho de manera pública y no interna…
Habría, en definitiva, muchas razones para decidir que es una información digna de ser difundida, con independencia del interés particular que despierte en cada persona -habrá a quienes la política no les interese en absoluto, por supuesto- y de la opinión que a cada uno le merezca.
Para lo que no existen razones esgrimibles -lógicas, fundadas, objetivas- es para calificar una información así como “cansina” o “irrelevante”. Si por cansino entendemos que algo ya está muy repetido, demasiado visto, no hacen falta argumentos que expliquen lo ilógico de aplicar esa calificación en este caso. Y sobre lo de la irrelevancia… mejor ni hablar.
Pero así funcionan las cosas en Menéame, por lo que vengo observando desde hace tiempo. Si bien los votos negativos cumplen una función que puede ser necesaria, el que puedan emitirse sin más criterio que el capricho particular anula lo que de efectivo pudieran tener y diluye el interés real de la aplicación.
Nada impide que los usuarios formen grupos por intereses afines y se dediquen sistemáticamente a boicotear las noticias que no son de su agrado sin tener que dar explicaciones de por qué lo hacen. O que esos grupos se enzarcen en pueriles guerras por conseguir que las noticias que lleguen a portada sean las suyas mientras las del grupo rival se pierden en el olvido.
Quizá haya -seguramente lo habrá- quien de eso pueda sacar un beneficio. Pero el que pierde es el usuario medio, no enredado en esas peleas de patio de colegio. Y, por supuesto, la herramienta. Más en concreto, su credibilidad.
Si no se establecen medidas que garanticen la racionalidad del voto negativo -si es que eso fuera posible- Menéame corre el peligro de ser un territorio secuestrado por un grupo de gente con tanto tiempo libre como poco sentido de la ecuanimidad.
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