En la pasada Compass Jobs Fair celebrada en Hammersmith, Londres, el stand de “Top Jobs Abroad” ofrecía a los visitantes unas inmejorables oportunidades de contratación en el extranjero. Los interesados, después de ser saludados por un representante de la empresa, eran invitados a atravesar una puerta tras la cual, se les decía, podrían conocer la diversidad de trabajos disponibles.
Pero una vez atravesada esa puerta, lo que se encontraban era una sala acondicionada como uno de los escaparates en que se exhiben las prostitutas en el Barrio Rojo de Amsterdam, incluido el cristal que dejaba esa sala a la vista de los visitantes de la feria que pasaban por allí.
Tras la lógica sorpresa, llegaba la explicación. Al salir de aquella sala, las víctimas del engaño se encontraban con el stand de Stop The Traffik, donde recibían información sobre el tráfico de mujeres captadas bajo falsas promesas de trabajo para terminar siendo obligadas a ejercer la prostitución y eran invitados a firmar una petición internacional para ser entregada en la ONU.
Una curiosa forma de recolectar firmas, ideada con la colaboración de la agencia de publicidad belga Duval Guillaume.
La gente de Agency Fusion ha sabido aprovechar para su propia promoción un mal que sufren comúnmente los diseñadores lanzando una serie de productos ficticios que en teoría otorgan al cliente la capacidad de modificar fácilmente su trabajo para conseguir la imagen que les gustaría transmitir:
La ironía gastada en la promoción daría para reflexionar sobre la relación entre diseñadores y clientes más detenidamente, pero me temo mucho que identificar el orígen del mal no serviría en esta ocasión para encontrarle cura.
En el área del diseño web hoy hasta el más tonto hace relojes. O sabe copiar y pegar la imagen de un reloj, que para muchos ya es tanto como ser experimentados relojeros.
Si tanta gente cree saber tanto, ¿quién necesita ya a los diseñadores?
Una campaña interactiva que incluye la descarga en su web de un juego desarrollado por Ginger Studios, en el que el enfurecido bebé reparte sus buenos mandobles y los jugadores con mayor puntuación pueden ganar su premio.
Un interesante ejemplo de la variante interactiva del marketing.
¿Qué saldría de cruzar a George Bush con Alfred E. Neuman, el personaje icono de la revista satírica Mad? Pues el hijo en la vida real del primero, George W. Bush.
Eso dice al menos la publicidad de ARNO, utilizando un recurso ya explotado ya en otras ocasiones.
Aunque quizá tampoco salga el presidente Bush tan mal parado en esta ocasión. El cruce genético que proponía hace meses una campaña promocional del diario mexicano Milenio era más salvaje:
Como sea, al bueno de George W. siempre le colocan en la ascendencia a algún personaje con cierto grado de locura. Cuando no los dos.
Dice el alcalde de São Paulo que nada tiene contra la publicidad, aunque no se muestra tan conforme con sus excesos. Quizá por eso desde comienzos de este año su ciudad es la primera, fuera de lo que era la esfera de países comunistas, en la que las calles se muestran vacías de esas publicidades de gran formato omnipresentes en cualquier gran población.
Polución visual llama el alcalde, Gilberto Kassab, a esa profusión de vallas y otros soportes repletos de anuncios. Y para combatirla, el ayuntamiento promulgó una ley que regula no sólo el despliegue de los grandes carteles sino también el tamaño de los letreros de los locales comerciales o la publicidad incorporada en autobuses o taxis. En resumen, todo lo que a juicio del consistorio “ensucia visualmente” la ciudad.
Los sectores perjudicados, publicistas y anunciantes, no están lógicamente muy contentos con la ley, y Clear Channel Communications, que sigue con su lucha judicial ante la medida, llegó a lanzar una campaña contra ella semanas antes de su entrada en vigor: “There’s a new movie on all the billboards – what billboards? Outdoor media is culture”.
Curioso esto que se da desde hace ya tiempo, valga el inciso, de apelar sistemáticamente a la cultura cuando se quiere dignificar la defensa de intereses meramente económicos.
No sé si la medida es apropiada o desproporcionada, no entro a valorarlo. Pero sí me lleva a pensar en cómo hemos asumido la presencia masiva de la publicidad como algo natural.
Nos molestan muchos ruidos, pero no protestamos por algo tan molesto -para mí al menos- como que el volumen de nuestros televisores suba repentina y automáticamente de manera notable cuando comienzan los bloques de anuncios.
Nos quejamos por los graffitis u otras manifestaciones de arte urbano, pero aceptamos de buen grado, como si fuera lógico e inevitable, que en período electoral los carteles de los candidatos “ensucien” -porque sí que lo hacen- casi cada rincón de nuestras calles.
¿Será que necesitamos ya la publicidad, que no podríamos vivir sin ella? Yo creo que sí, aunque analizar los porqués sería largo y complejo.
Pero esto es algo que se podría englobar en una realidad más amplia. El ser humano de hoy, por lo menos en el mundo occidental, tiene demasiadas necesidades irracionales, que en algunos casos pueden llegar a ser peligrosamente obsesionantes.
No somos ni tan listos ni tan libres como nos creemos.
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