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El imposible destino de los refugiados iraquíes

4 de Agosto de 2008

Refugiados iraquíes en Siria

Como suele ocurrir con los conflictos que perduran en el tiempo sin que pueda vislumbrarse su final, las noticias que a diario nos llegan de Irak son poco más que partes breves dando cuenta del número de muertos que se ha cobrado el último atentado o el enésimo altercado militar. La muerte ya es rutina que no nos sobresalta, y la impasibilidad con que recibimos esas noticias pareciera dar la razón a quienes siempre han pretendido negar la realidad y sustituirla por su interesada e idílica visión de ese drama que no cesa.

Pero esa realidad existe y persiste, le pese a quien le pese, truncando vidas y esperanzas a diario. Como en el caso de los iraquíes refugiados y exiliados a causa de esta última guerra que desde hace años asola su país.

Muchos de ellos huyeron entre los años 2003 y 2007 a países vecinos como Siria y Jordania, familias que en su exilio debían dejar en Irak a parte de sus miembros para asegurarse unos ingresos con los que subsistir. La razón de esas separaciones familiares es que los iraquíes no están autorizados a trabajar en esos países, a los que sólo se les permite entrar con visa de turista.

Refugiados iraquíes

Desgraciadamente, algunos de esos padres y hermanos que quedaban atrás han sido asesinados, secuestrados o detenidos, y sus familias se han visto obligadas a elegir entre regresar a Irak, porque económicamente no pueden permitirse seguir viviendo en Siria o Jordania, o permanecer en esos países intentando subsistir de alguna manera.

De entre las familias que elegían la segunda opción, las más afortunadas lograban encontrar en su nuevo país algún trabajo, aunque realizado de manera ilegal, que les ha permitido una mínima subsistencia. Pero otros, sin tanta suerte, se vieron obligados a aceptar puestos de trabajo que no cubren todos sus gastos o dedicarse a actividades como el tráfico de drogas o la prostitución.

Las mujeres que se dedicaban a la prostitución, algunas menores de 16 años, se encontraban además atenazadas por un doble temor. De una parte, el que sus familiares en Irak pudieran enterarse de su condición y perseguirlas por ello. De otra, el que las autoridades de sus países de residencia pudieran deportarlas. Algunas de ellas terminaron optando por el suicidio, una solución que otras muchas empezaron a considerar como vía de escape de sus problemas.

En Damasco, los ingresos por su actividad como prostitutas tampoco les reportan un sueldo digno, en muchos casos apenas ganan para alimentarse. Pero también ha habido mujeres que han sido asesinadas tras su regreso a Irak. La prostitución es, para grupos como el Ejército Islámico, un grave pecado que ha de ser castigado con la muerte.

El panorama que tienen ante sí los refugiados iraquíes es un destino imposible. Abocados al desempleo o a realizar esos trabajos denigrantes y mal pagados, sin acceso a servicios básicos como los de salud o educación y viviendo en condiciones insalubres muchas veces, sin ni siquiera disponer de agua potable, la esperanza es un lujo que no se pueden permitir. Pero la alternativa, el regreso a Irak, no es mejor solución. La persecución y la muerte campan a sus anchas.

Mientras tanto, un reciente anuncio del Pentágono habla de una venta de armas a Irak -tanques, aviones, helicópteros y vehículos blindados- por valor de unos 10.700 millones de dólares (6.885 millones de euros). Una operación, dicen, que “contribuirá a la política exterior y la seguridad nacional de EE.UU. porque ayudará a mejorar la seguridad de un país amigo”.

Los que desprecian el valor de las vidas de las víctimas inocentes siempre dirán que las armas son la solución.

Vía | Alive In Baghdad
Imagen 1 | “Iraqi refugees, Damascus, Syria”, James Gordon
Imagen 2 | Zoriah.net

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