Un extraterrestre anda suelto por la turística ciudad de Bournemouth, al sur del Reino Unido. Afortunadamente, el circuito cerrado de televisión que vigila las calles de día y de noche alerta rápidamente a la policía, que acude presta a conjurar el peligro.
Los ciudadanos pueden dormir tranquilos, la ciudad está siempre vigilada.
A la izquierda en la foto, en un encuentro en Amman con parlamentarios iraquíes, Raed Jarrar, mitad iraquí, mitad palestino, es arquitecto, blogger y un activista colaborador y director del proyecto para Irak de la organización pro derechos humanos Global Exchange.
Una vez facturado su equipaje y pasados los controles de seguridad, se encontraba ya en el área de embarque cuando dos hombres se acercaron hasta él y, después de identificarse, le pidieron que les acompañara. A unos cuantos pasos de donde se encontraba, una mujer, empleada de la compañía JetBlue, con la que Raed se disponía a viajar, se unió a ellos.
Después de pedirle que mostrara algún documento de identidad y la tarjeta de embarque, le desvelaron el motivo por el que le habían abordado. La gente, le dijeron, se sentía ofendida por la camiseta que vestía -la misma que lleva en la imagen que ilustra este post-, que se puede comprar a través de Internet y lleva impreso el lema “We Will Not Be Silent” (“No nos quedaremos callados”) en las lenguas inglesa y árabe.
El problema era esto último, los caracteres en árabe:
“You can’t wear a t-shirt with Arabic script and come to an airport. It is like wearing a t-shirt that reads “I am a robber” and going to a bank.”
Ante semejante razonamiento, Jarrar preguntó, supongo que con ironía, si existía alguna ley contra los caracteres árabes. Pero la única solución que le proponían, sin atender a razón alguna, era cambiarse de camiseta. Raed apeló a sus derechos constitucionales e intentó explicar que lo escrito en árabe sólo es la traducción de la frase en inglés, además de aducir que había comprado la camiseta en Washington y que existen más de mil camisetas con el mismo eslogan impreso, también en otros idiomas -entre ellos el español-. Pero el trío de inquisidores no lo tenía tan claro:
“We can’t make sure that your t-shirt means we will not be silent, we don’t have a translator. Maybe it means something else.”
Sin un traductor, no podían estar seguros de que Raed dijera la verdad y la frase en árabe significara lo mismo que el texto en inglés. La duda que me queda -supongo que a Jarrad también- es qué podían imaginar que estuviera escrito en árabe y en qué podía eso afectar a la seguridad del vuelo. Una vez identificado el viajero y realizados todos los controles de seguridad, ¿dónde estaba el peligro? ¿En un puñado de letras árabes?
Y en cuanto a la supuesta ofensa que representaba para otros pasajeros el dichoso texto en árabe, ¿cómo se puede nadie sentir ofendido por algo que ni siquiera sabe lo que significa? ¿Sólo por estar escrito en determinada lengua o idioma? De risa, si el trasfondo del asunto no fuera tan grave.
Al final, con tal de no perder el vuelo, accedió a ponerse una camiseta que le compraron en el mismo aeropuerto. Pero aún tuvo que soportar, sin una explicación muy convincente, que le cambiaran de asiento y le mandaran al fondo del avión.
Raed termina el relato del incidente con una triste conclusión:
“It sucks to be an Arab/Muslim living in the US these days. When you go to the middle east, you are a US tax-payer destroying people’s houses with your money, and when you come back to the US, you are a suspected terrorist and plane hijacker.”
Unos días antes había sido increpado en Siria y Jordania por ser ciudadano estadounidense. De regreso a EE.UU. era maltratado por ser árabe. Situaciones ambas igual de injustas y que obedecen más a los prejuicios que a la razón, en una y otra parte del mundo.
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