Que seas el presidente de una gestora de derechos de autor -con lo beligerantes que son- y el ordenador te acuse de usar una versión no original de Powerpoint en mitad de una presentación, con todos los asistentes al acto viendo la ventanita con el aviso, debe provocar un buen bochorno.
Para aclarar el asunto han dispuesto una auditoría independiente. Y Ubiergo, por su parte, ha presentado la renuncia como presidente de la entidad. ¿Qué lío, no?
El absurdo mayor en todo esto es que existiendo programas alternativos de software libre, plenamente legales y en muchos casos también gratuitos -como OpenOffice en el asunto que nos ocupa-, las entidades de gestión de derechos de autor se obliguen a sí mismas a pagar caras licencias de software propietario sólo por ser consecuentes con ese discurso caduco que mantienen.
Si esa auditoría solicitada por la gestora chilena se realizara también en sus entitades iguales en otros países y, aún más, se extendiera a los equipos informáticos personales de los músicos y autores que con tanta docilidad defienden públicamente las agresivas consignas de sus gestores, las “copias piratas” de software aflorarían por doquier. Seguro.
Los que me conocen de cerca ya saben de mi creciente pasión por Drupal, entre cuyas aplicaciones, como parte del equipo de Periodismo Ciudadano entre otras razones, me interesa particularmente la creación de diarios y otros medios digitales.
En este showcase de Acquia se puede ver un buen muestrario de medios creados con Drupal, que atestiguan su condición de CMS cada vez más utilizado para ese fin.
Y por si hay alguien que aún no queda convencido, otro showcase, también en Vimeo, muestra otros tantas webs que han optado por ese gestor de contenidos.
Ahora sí, mi pasión no ha de ser necesariamente contagiosa. Que sobre gustos, también en esto, nada hay escrito.
La agencia tributaria húngara, APEH, quiere que la devolución de impuestos se gestione online y encarece a los empresarios de aquel país que utilicen esa vía. Hasta aquí la cosa suena bien, es una buena iniciativa. Pero como en bastantes de las ocasiones en que se mezclan gobernantes y nuevas tecnologías algo tenía que fallar. Y el problema, como tampoco puede resultarnos chocante, tiene que ver con Microsoft.
Más en concreto con su sistema operativo Windows, requisito imprescindible para instalar el programa que la APEH proporciona para la gestión de esas devoluciones.
Eso significa, así del tirón, que los usuarios de Macintosh, Linux o cualquier otro sistema diferente del de Microsoft no pueden utilizar el citado programa. A no ser, claro está, que compren e instalen de alguna forma el sistema operativo Windows. Que paguen el «impuesto Microsoft».
O que aceptando la increíble sugerencia de la APEH se acerquen al Telehaz más cercano -centro comunitario con acceso libre a Internet- y realicen desde allí sus trámites. Aunque esto suena a chiste para cualquiera. ¿Qué empresario iría a realizar sus gestiones de negocio desde un ordenador público?
Así las cosas, Charles Barcza, empresario, programador y responsable del desarrollo de la distribución de Linux blackPanther, decidió luchar en los tribunales contra lo que en su caso concreto es poco menos que un atropello. No sólo hay opciones a utilizar por la APEH que no obliguen a los ciudadanos a usar un software en particular, sino que el hecho de privilegiar a Microsoft va en claro perjuicio de la industria húngara del software.
La demanda sigue su curso y no sé cuándo habrá sentencia, pero espero que Barcza salga triunfante. Porque habrá triunfado también, entre otras cosas, el sentido común. Y habrá ganado la ciudadanía húngara.
No es algo nuevo ni exclusivo de Hungría el que los organismos gubernamentales parezcan confundir -o quieran hacerlo a sabiendas- la informática con la compañía estadounidense y asuman sin más que todos y cada uno de los usuarios han de utilizar, por obligación, sus productos.
Puede que sea lo más usual, pero eso no habilita a ningún gobierno democrático para convertirlo en norma de obligado cumplimiento. Lo que es una cuestionable imposición del mercado -el que la gran mayoría de ordenadores se vendan con Windows preinstalado, sin ofrecer otras opciones- no puede convertirse en ley ni interpretarse como tal. No debería ser así. Y todas las veces que recordemos esto a nuestros gobernantes serán pocas.
En España hemos tenido también nuestros episodios en ese sentido, con webs institucionales que exigían el uso de Microsoft Explorer -de otra forma no funcionaban- o acuerdos de colaboración entre instancias gubernamentales y esa empresa que sólo sirven para malgastar el dinero público. El caso del “amigo Robin” es el último ejemplo, poco menos que esperpéntico a mi juicio.
No parece, por lo que relatan quienes lo han examinado, que vaya a aportar nada de verdadera utilidad para la ciudadanía, en este caso para los adolescentes, pero sí para Microsoft, a quien de paso se le hace un favor desde el gobierno de España publicitando su programa de mensajería instantánea como si fuera el único del mercado y una verdadera panacea:
El robot se dirige fundamentalmente a chicos y chicas de entre 12 y 17 años, usuarios habituales de esta herramienta de comunicación que les hace sentirse a gusto, les permite estar conectados con sus amigos y familiares a cualquier hora y no les cuesta dinero.
Lo contrario, el seguir apostando por el software propietario en la administración, es un atraso que además a los ciudadanos nos cuesta un buen dinero.
En él participarán estudiantes preuniversitarios con 13 o más años en la fecha de comienzo del programa, el 27 de noviembre de 2007, con aportaciones a los 10 proyectos open source elegidos por Google para la primera edición de este nuevo programa:
Se me reía anoche Mr. Black -que sigue dándole vueltas a su egaroo- cuando le contaba la intención de escribir este post. Quizá por la forma en que se lo dije o tal vez porque le incluí en el grupo de los que aquí alabaré. O también es muy posible -y me inclino a pensar que éste fue el verdadero sentido de su risa- que sólo viniera a ser su forma de asentir para decirme que coincide en este caso con mi punto de vista.
Voy al grano. Cada vez, con relación a Internet, tengo más claro que mi interés se centra en los hechos y no tanto en los dichos, en la acción y no en la reflexión. Más claro aún, en quienes trabajan creando aplicaciones, utilidades y proyectos que nos facilitan a todos las cosas y no en aquellos que desde la inacción critican y diseccionan el trabajo ajeno.
Y no porque la crítica no sea necesaria y productiva. Siempre lo es. Sino porque vengo advirtiendo ya desde hace tiempo que tanta solemne teoría responde en muchos casos -que siempre hay sus lógicas excepciones- más al afán de protagonismo del vanidoso teórico de turno que a la mínima objetividad necesaria para que la critica devenga en herramienta imprescindible dentro del proceso creador.
Como usuario de Internet de poco me sirven, por lo habitual, las reflexiones y sentencias de esos teóricos. No me interesa recordar dónde estábamos hace diez años ni me aporta nada su opinión sobre dónde estaremos dentro de otros diez o hacia dónde deberíamos dirigirnos y qué caminos habríamos de tomar.
El verdadero avance de Internet está en la acción, en el trabajo. No sólo en el de las que ya son grandes empresas de servicios online o el de los emprendedores individuales, que es evidente, sino también en el de la infinidad de usuarios que de forma prácticamente anónima colaboran en el desarrollo de esas aplicaciones de software libre y colaborativo o participan en proyectos abiertos.
Éstas son, a mi juicio, las iniciativas que alientan principalmente ese avance, por cuanto alimentan el espíritu de trabajo y participación de la gente, consiguiendo que una multitud de individualidades se una en un mismo esfuerzo que además de un provecho común implica también un progreso.
Que el resultado de ese esfuerzo de unos y otros se quiera etiquetar poniéndole puntos y ceros delante o detrás y hasta se generen sesudos debates sobre ello puede que quede muy aparente, pero es empeño baldío. Al menos para la inmensa mayoría de usuarios que cuando se conectan a Internet lo que agradecen es poder usar las aplicaciones o disfrutar de los proyectos y no la genialidad o desacierto de quienes los juzgan y etiquetan con salomónica gravedad.
Para quien puede que sí valga la pena el esfuerzo es para los teóricos más avispados que consiguen que su nombre sea más conocido y recordado que el de los creadores y colaboradores en el desarrollo de aplicaciones y proyectos. Quizá eso, en el fondo, sea lo único que persiguen.
Y es por eso, también, por lo que cada vez me interesan menos sus elucubraciones y admiro más a los que realizan el trabajo objeto de su crítica.
Estos últimos sí que son los verdaderos héroes de la Red.
No parece haber necesitado Microsoft recurrir para tratar con el gobierno de Chile a las amenazas que hace tiempo profería Steve Ballmer ante un auditorio de líderes asiáticos tentados por el ejemplo de China a usar Linux en sus respectivas administraciones. Aquella muestra de soberbia y arrogancia nos liberó -al menos a mí- de cualquier sensación de prejuicio a la hora de criticar a esa compañía por sus permanentes aspiraciones monopolísticas y sus repetidas malas artes de negocio.
Porque lo deseable, lo plausible, lo premiable, es que una compañía triunfe sobre las demás porque su producto es, sino el mejor, tan bueno como el mejor. Ese es, o debería ser, el espíritu de estos tiempos modernos donde progreso y libertad deben ser términos que caminen juntos, resintiéndose cualquiera de ellos gravemente cuando a su lado falta el otro. No hay otra forma posible de avanzar. Ya no.
El viejo método de la imposición, de la exclusividad, del totalitarismo, ése que sigue practicando empecinadamente Microsoft, está condenado al fracaso, tarde éste más o menos tiempo en materializarse de manera evidente. Sus productos no son, hoy por hoy, los mejores. Son, eso sí, los más usados y los únicos que conoce la gran mayoría de usuarios medios. Pero el nivel de preparación de los usuarios irá, lógicamente, creciendo. Y con él su capacidad crítica y de elección.
De nada valdrá entonces la habilidad de Microsoft para influir en las decisiones de gobiernos y administraciones con el fin de imponer el uso de sus tecnologías. Esos mismos usuarios, esos mismos ciudadanos, demandarán a sus representantes una mejor gestión de los recursos públicos también en el ámbito tecnológico. Llegado ese momento, serán los mismos políticos quienes sabrán tomar las decisiones más acertadas. Mal que le pese a Microsoft, los gobiernos los eligen los ciudadanos, los usuarios.
Condicionar el desarrollo tecnológico de un país al capricho o intereses de una empresa privada del cariz de Microsoft es, hoy por hoy, poner freno a su progreso, tanto social como económico. De ahí que en el mundo actual la soberanía tecnológica sea tan necesaria y crucial.
Si en Microsoft no pueden entender y respetar eso, allá ellos, se terminará volviendo en su contra un día u otro. Si los políticos no quieren o no saben comprenderlo, que se vayan y dejen en su lugar a otros más capaces o más honestos.
Porque tanto los unos como los otros, aunque no parezcan darse cuenta de ello, cada vez engañan a menos gente.
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