El Vaticano y la infancia violentada
13 de Febrero de 2007
Por increíble que pueda parecer, el actual Papa de la Iglesia Católica fue una vez niño. Y digo increíble porque cuesta imaginar que nadie que lo haya sido, aún más cuando se declara siervo y representante de Dios entre los hombres, pueda haber dedicado parte de su trabajo durante años a ocultar de forma sistemática los casos de abusos cometidos a menores por sacerdotes católicos.
No es noticia nueva, pero a este tema, la relación entre el Vaticano y los delitos sexuales cometidos por los miembros de su Iglesia, ha dedicado hoy su atención el programa Panorama de la televisión de Castilla-La Mancha con la emisión de un documental de la BBC, “Sex crimes and the Vatican”, en el que se relatan casos concretos y se pueden conocer los testimonios en primera persona de víctimas y también abusadores.
Lo más hiriente de la postura del Vaticano ante esos casos de abuso es quizá ese documento interno citado en el reportaje y publicado por primera vez en 1962, “Crimen Sollicitiatonis”, en el que se detalla con precisión cómo han de proceder los obispos cuando se encuentren con un caso de abusos protagonizado por alguno de sus párrocos.
El primer y más fundamental objetivo es ocultar los hechos, procurar que no trasciendan, asegurarse el silencio de todo aquel que tenga conocimiento de lo sucedido, incluídas las propias víctimas. Víctimas a las que, según queda claro en el demencial documento, se podría llegar a excomulgar si alguna vez relatan el ataque que sufrieron. Es la doble violación, primero la física, después la moral.
Los agresores, por contra, aunque también amenazados de excomunión si confesaran públicamente su delito, en la mayor parte de los casos sólo encontraban como castigo el cambio de destino, el traslado a una nueva parroquia donde, por lo habitual, podían seguir cometiendo sus atropellos.
La implicación directa del Vaticano en esta tarea de ocultación y claro castigo a las víctimas antes que a los agresores viene dada por el hecho de que todos los casos descubiertos, acaecieran donde fuese, debían pasar por sus oficinas. Más concretamente, por la que durante más de 20 años fue controlada por el cardenal Joseph Ratzinger, actual Papa, que no sólo había de velar porque esas directrices internas se cumplieran sino que actuó para reforzarlas.
¿Quién puede confiar en una Iglesia así?































